Capítulo 6.- Las hormigas

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LA VERDADERA HISTORIA DE LAS CIGARRAS Y LAS HORMIGAS

Las hormigas

 Las hormigas

Esperaron agrupadas en la oscuridad temiendo la llegada del ejército de las hormigas, pero al cabo de unos minutos eternos de intensa incertidumbre, se convencieron de que nadie aparecería.

La cigarra Cabo mandó un pequeñísimo escuadrón de reconocimiento hasta la entrada, para cerciorarse de que no había peligro de ataque, pero enseguida volvieron con las peores noticias; el inesperado derrumbe que se había producido en la única entrada y salida de aquella cueva las había sepultado en una trampa mortal.

Después de los primeros momentos de desconcierto, la cigarra Cabo, volvió a tomar el mando para preparar un plan de acción que les permitiera sobrevivir, o al menos, morir intentándolo, como era el deber de todo buen soldado.

El primer paso fue cerciorarse de que no había ninguna salida oculta en ninguna parte de la sala donde se encontraban.

Pero tras buscar palmo por palmo y convencerse de que nada había, tan solo quedaba la opción de intentar despejar la tierra del derrumbe, confiando que la llegada del batallón del parche negro, que suponía que a estas alturas debían estar buscándolos con todos los efectivos, no tardara demasiado.

—No nos desanimemos —dijo el cabo, dirigiéndose a todos sus soldados—, nuestras compañeras vendrán a por nosotras. Pero mientras tanto, debemos de comenzar a excavar desde dentro. No podemos estar parados sin hacer nada, ¿de acuerdo?

—Sí, Cabo. —Contestaron desanimadas.

Así, con un gran esfuerzo fueron sacando tierra muy lentamente, mientras que las fuerzas les abandonaban a una velocidad endiablada hasta que la extenuación les hizo abandonar. No en vano, se les había asignado el parche rojo por algo.

Lentamente y en silencio, fueron apartándose hacia los paredes rocosas de la cueva con la resignación de quién ha perdido toda esperanza de salvarse. Apoyados contra la pared, tumbadas o sentadas, las cigarras del parche rojo, en silencio, se dieron por vencidas.

Tan solo el cabo permanecía de pie en el centro de la sala intentando pensar, hasta que con un leve gesto de la cabeza, igualmente derrotado, se dirigió a un punto de la pared libre imitando a sus compañeras.

Apenas habían pasado unos minutos, cuando se oyó un sonido metálico de cerrojos descorriéndose y surgió un rayo de luz de la pared, aumentando en intensidad a medida que el mecanismo iba abriendo más y más una puerta aparecida de la nada, en un lugar que ellas habían palpado milímetro a  milímetro y habían dado por roca dura y compacta.

Cuando la luz dejó de cegarlas, acertaron a ver en mitad de la abertura la robusta silueta de una hormiga, y antes de que pudieran reaccionar, un grupo de hormigas soldado se adentró en la estancia situándose en un círculo defensivo que dejó a las cigarras completamente acorraladas contra la pared.

Una vez que consideraron las hormigas soldado que tenían perfectamente controladas a las cigarras, su jefe entró con paso firme, recorriendo con la mirada a todas y cada una de las cigarras, las cuales, a estas alturas, presentaban un estado lastimoso.

—¿Quién está al mando del batallón?

La cigarra Cabo, sin mediar palabra, avanzó un paso y alzó la cabeza, altiva.

—Acércate —le dijo la hormiga —, he de decirte algo importante.

La cigarra cabo cruzó la línea defensiva de las hormigas soldado y se dirigió junto  la hormiga que dirigía a los soldados, se dirigieron hacia un rincón apartado del resto.

—Soy la hormiga Guardián, responsable de la seguridad de nuestra ciudad, Hormitrópolis. —Dijo la  robusta hormiga, presentándose.

—Yo soy cigarra Cabo, al mando del batallón de cigarras del parche rojo.

—Bien.  Lo suponía. Te ruego que pidas a tus soldados que no hagan ninguna tontería, que no intenten nada. He dado la orden de que atiendan a vuestros enfermos y que a los demás les sirvan alimento y agua. Después de ello, de haber comido y bebido, os vendaremos los ojos y cruzaremos la puerta hacia vuestro destino.

La cigarra, contrariada y sin oportunidad de réplica, siguió a la hormiga, que ya había empezado a moverse, hasta la puerta secreta que estaba camuflada en la pared de la sala, custodiada por varias hormigas soldado.

—Ahora —dijo la hormiga—, nos adentraremos por los túneles hacia Hormitrópolis. Te advierto que existen una gran multitud de galerías, muchas de las cuales son trampas de las que sería imposible salir. Esto es necesario para la protección de nuestro hábitat. Nuestros enemigos son feroces y nosotras pequeñas.

—¿No esperamos a mis soldados?—Preguntó  la cigarra cabo, inquieto al ver que una hormiga acudía con una venda.

—No sufras por ellas, serán atendidas y acudirán tras nuestros pasos. Os encontraréis pronto.

El Cabo, que no las tenía todas consigo, asintió y dejó que le vendaron los ojos, pues comprendió que en realidad, no tenía otra opción. Así que con la hormiga Guardián, y custodiada por varias hormigas más que le guiaban en la oscuridad de su momentánea ceguera, cruzó la puerta y se introdujeron por el túnel hacia la ciudad.

 A medida que avanzaban pudo notar una corriente de aire fresco, prueba de que se acercaban a la entrada de Hormitrópolis. Pero la cigarra no lo podía entender. “Si vamos a la ciudad ¿Cómo es que se nota una corriente de aire fresco? ¿Acaso la ciudad está en la superficie?” Pensaba para sí, mientras la corriente de aire aumentaba a cada tramo.

—Ya estamos al final del túnel, a las puertas de Hormitrópolis —anunció la hormiga Guardián mientras iba liberando al Cabo de su venda.

Al abrir de nuevo los ojos, la luz le cegó por completo durante un instante. Parpadeó e inmediatamente los abrió sin poder evitar una exclamación de asombro ante el panorama de una ciudad que se extendía asombrosa y magnífica ante él, llena de matices verdes, marrones y amarillos. Una ciudad con vida propia que parecía sacada de un cuento de hadas.

—Pero… ¡No puede ser! ¡Cómo es posible…! ¿Cómo puede existir esta ciudad en la superficie y que nadie haya tenido noticias de su existencia?

—No es la superficie que estás pensando: no la que tú conoces.

La cigarra no salía de su asombro.

—El sol baña nuestras casas y nuestros campos, también el aire que se respira es puro y fresco. Durante las noches, las estrellas y la luna nos alumbran, del mismo modo que nos bañan las lluvias y riegan nuestros campos.

La cigarra escuchaba con toda atención, mientas que sus ojos no podían apartarse de aquella maravillosa visión

—Pero —continuó la hormiga—, la ciudad no está en el mismo exterior que la tuya, por ejemplo. Este mundo en el que habita Hormitrópolis, es un mundo dentro del que tú conoces.

Un mundo secreto bajo la superficie, que alberga todas las maravillas del vuestro pero a nuestra medida. Piensa que las hormigas somos muy organizadas y tenemos un tipo de sociedad tan perfecta que para sí lo quisieran el resto de especies, incluida la humana; eso nos ha llevado a una forma de vida en comunidad, donde nada queda al azar.

Por tanto, todo, absolutamente todo, debe estar previsto y regulado aquí abajo. Pero bueno —meneó la cabeza la hormiga Guardián, dando por  acabada la conversación—, ya tendremos tiempo para conocernos mejor y de que conozcas la ciudad en profundidad. Ahora, acompáñame.

Las cigarras de parche negro, al mando de la cigarra Príncipe, caminaban con el ánimo encendido  hacia Hormitrópolis. No había tiempo que perder. No había mucho que perder, tampoco. Las precauciones para evitar ser descubiertas ya no tenían sentido, estaban dispuestas a liberar a sus compañeras atrapadas a cualquier precio.

Cuando divisaron el olmo que entre sus raíces escondía la entrada a la ciudad de las hormigas, se dirigieron sin titubeos, mientras que las cigarras imperiales se acercaban a los flancos para comprobar que no había enemigos que amenazaran su seguridad.

Al llegar a la que había sido la entrada, comprobaron con preocupación la tierra prensada, lo que sin dudad había sido producto de un intencionado y laborioso trabajo de las hormigas, que además, para cerciorarse de que las pobres cigarras del parche rojo no tuvieran posibilidad ninguna de huir, habían colocado sobre la tierra una roca redonda que aplastaba y sellaba por completo la entrada.

El Príncipe daba vueltas sobre sí mismo, pensando a la velocidad del relámpago, buscando la manera más efectiva para destaponar la entrada y librar a sus compañeras de la muerte, cuando  de pronto, de la nada, aparecieron desencajadas las cigarras imperiales avisando del peligro que acechaba.

La cigarra Príncipe, alzó la vista como una exhalación, sorprendido y su sangre quedó helada cuando contempló a cientos, miles… Cientos de miles de hormigas soldado rodeándolas, atrapándolas en en el interior de un círculo negro azabache sin posibilidad de escape.

Parecía el final de la comunidad de las cigarras cantaoras y bailadoras; ahora, todos los batallones de cigarras estaban atrapados por las hormigas y, el final, se lamentaba el Príncipe entre sudores fríos, parecía cercano.

Continúa con la aventura: Capítulo 7.- El pacto

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