La clase de Gafas de Cristal

Resumen: En la escuela de Hormitrópolis, una pequeña confusión con unas pinturas y una libreta hace que la mañana empiece torcida. Gafas de Cristal no regaña ni levanta la voz: propone una tarea sencilla para que Ohm, Ori, Ciar y Cari aprendan algo mucho más importante que una lección de aula. Poco a poco, la clase descubre que ser amigos y ayudarse no consiste solo en decir palabras bonitas, sino en fijarse, esperar y cuidar de los demás de verdad.
Edad: 4-6 años · Tiempo de lectura: 5-6 minutos · Categoría: Pequeños Lectores
En Hormitrópolis, la clase de Gafas de Cristal siempre olía un poco a hojas secas, a lápices recién afilados y a tierra limpia de maceta.
Era un aula alegre, con mesas pequeñas hechas de madera suave, dibujos colgados entre raíces finas y una ventana grande por donde se colaba la luz de la mañana en rayas doradas.
Aquel día, Ohm llegó con su cuaderno bien cerrado bajo el brazo. Ori traía una hoja recogida del sendero porque le había parecido tan perfecta que quería enseñársela a la clase. Cari llevaba su libro azul y una cajita con pinturas ordenadas por colores. Y Ciar entró el último, un poco deprisa, como casi siempre, con la gorra algo torcida y ganas de empezar cualquier cosa cuanto antes.
Gafas de Cristal los esperaba junto a la mesa grande del aula. Sus gafas redondas brillaban cuando les daba el sol y su voz era tranquila incluso cuando la clase se llenaba de preguntas a la vez.
—Hoy vamos a trabajar juntos —dijo con una sonrisa—. Pero antes, cada uno preparará su mesa y dejará listo lo que necesita.
Todos empezaron a moverse.
Ohm colocó su cuaderno recto, el lápiz a un lado y una goma pequeña arriba del todo. Ori dejó su hoja con cuidado para que no se doblara. Cari abrió la cajita de pinturas y las puso en fila. Ciar se sentó deprisa, apoyó sus cosas sobre la mesa… y, sin querer, dio con el codo en una esquina de la cajita de Cari.
Las pinturas cayeron al suelo y rodaron en varias direcciones.
Al mismo tiempo, la libreta pequeña de Ori resbaló de su mesa y fue a parar bajo una silla.
Durante un instante, todo quedó en silencio.
Cari miró al suelo.
Ori miró bajo la silla.
Ciar abrió mucho los ojos.
—Yo… no quería tirar nada —dijo enseguida.
Ohm se agachó para recoger una pintura roja que había ido rodando hasta su pata.
—Ya lo sabemos —respondió con calma—. Pero ahora hay que arreglarlo.
Cari no parecía enfadada del todo, aunque sí bastante molesta.
—Me costó mucho dejarlas ordenadas.
Ori se metió un poco más bajo la silla hasta recuperar su libreta.
—Y mi hoja casi se dobla también.
Ciar bajó la cabeza.
—Siempre me pasa igual. Quiero hacerlo todo rápido y al final estropeo algo.
Gafas de Cristal se acercó despacio. No regañó a nadie. No habló alto. Solo miró las pinturas desparramadas, la libreta de Ori y la cara de Ciar.
—Entonces hoy aprenderemos algo muy útil —dijo—. Antes de seguir con la actividad, haremos el trabajo de la mesa amiga.
Ciar levantó un poco la cabeza.
—¿La mesa amiga?
—Sí —respondió la maestra—. Es una tarea muy sencilla. Consiste en dejar tu sitio tan bien que no solo tú puedas trabajar a gusto, sino también quien está a tu lado.
Cari se ajustó las gafas.
—Eso suena bastante importante.
—Lo es —dijo Gafas de Cristal—. Porque ser amigo no es solo jugar juntos en el recreo. También es pensar si lo que haces ayuda o dificulta a los demás.
Ohm asintió enseguida.
Ori volvió a colocar su libreta sobre la mesa.
Ciar miró las pinturas en el suelo y se agachó a recogerlas una por una.
Esta vez no fue deprisa.
Primero tomó la azul.
Luego la verde.
Después la amarilla, que había rodado casi hasta la puerta.
Cuando terminó, se acercó a Cari con las dos patas llenas de colores.
—Perdón —dijo—. Se me fue el codo y luego se me fue todo lo demás.
Cari lo miró un momento. Después abrió la cajita y dejó que él mismo colocara las pinturas dentro.
—Está bien —respondió—. Pero ponlas rectas, que si no luego no cierra.
Ciar obedeció con una concentración extraordinaria. Tardó un poco más de lo normal, pero cuando terminó la cajita quedó incluso mejor que antes.
—Así sí —dijo Cari, ya más tranquila.
Gafas de Cristal llevó entonces al centro del aula una bandeja pequeña con semillas, papeles, lápices cortos, una cuerdecita y cuatro hojitas secas.
—Ahora vamos a hacer una prueba —anunció—. Cada uno tendrá que preparar una pequeña mesa de trabajo para otra persona. No para uno mismo. Para otro.
Ciar parpadeó.
—¿Y cómo voy a saber qué necesita otro?
—Mirando —dijo Ori enseguida.
—Y pensando un poco —añadió Ohm.
—Y no poniéndolo todo de cualquier manera —remató Cari.
Gafas de Cristal sonrió.
—Exacto. Primero miramos. Luego pensamos. Y después colocamos.
La maestra repartió la tarea así: Ohm prepararía la mesa de Ori. Ori prepararía la de Cari. Cari la de Ciar. Y Ciar la de Ohm.
Ohm observó la mesa de Ori y enseguida dejó una hoja lisa en un lado, un lápiz bien apoyado y una piedra pequeña para sujetar el papel y que no se moviese.
—A Ori le gusta mirar cosas con calma —explicó—. Así no se le vuela la hoja ni se le cae nada.
Ori, por su parte, preparó la mesa de Cari con los colores ordenados de menor a mayor, el libro azul a la izquierda y un espacio limpio en el centro.
—A Cari le gusta tener sitio para trabajar sin tropezarse con nada —dijo.
Cari pensó un poco más antes de preparar la mesa de Ciar. Puso un lápiz fuerte que no se resbalara, dejó la cuerdecita a un lado y colocó solo tres cosas, no más.
—Si hay demasiadas, Ciar las mueve todas sin querer —explicó—. Mejor pocas y bien puestas.
La clase se echó a reír, incluido Ciar.
Por último, le tocó a él preparar la mesa de Ohm.
Al principio iba a ponerlo todo muy deprisa.
Pero se detuvo.
Miró a Ohm.
Miró su forma de sentarse, la manera en que dejaba siempre las cosas rectas y cómo apartaba un poco el cuaderno para que no chocara con el borde.
Entonces colocó una hoja grande, un lápiz recto, dos semillas a un lado para sujetar las esquinas y dejó el centro despejado.
—Creo que así no te molestaría nada —dijo.
Ohm observó la mesa y sonrió.
—Creo que has pensado muy bien.
Ciar sonrió también, pero esta vez sin presumir.
—He ido despacio.
—Y a veces eso ayuda más que correr —dijo Gafas de Cristal.
Después de la prueba, la maestra les propuso hacer un dibujo en parejas. No podían empezar hasta comprobar primero que su compañero tuviera todo lo necesario. Si a uno le faltaba algo, el otro debía fijarse antes de comenzar el suyo.
Ohm compartió una semilla con Ori para sujetar el papel. Cari prestó a Ciar una pintura naranja. Ciar acercó sin que nadie se lo pidiera la goma que se había quedado demasiado lejos de la mesa de Cari. Y Ori avisó a Ohm de que su hoja se estaba torciendo antes de que el dibujo se arrugara.
Poco a poco, la clase empezó a funcionar de otra manera.
No era una gran aventura del bosque.
No había carreras, ni misterios, ni tesoros escondidos.
Pero había algo importante que sí estaba ocurriendo: todos estaban empezando a fijarse un poco más en los demás.
Cuando terminaron, Gafas de Cristal paseó entre las mesas mirando los dibujos. Había flores torcidas, hojas enormes, soles redondos, una mariquita demasiado grande y hasta un intento de retrato de la propia maestra que hizo reír a toda la clase.
—Han quedado muy bien —dijo—. Pero lo mejor no son los dibujos.
Los cuatro la miraron.
—Lo mejor es que hoy habéis aprendido a preparar vuestro sitio pensando también en otro. Y eso, aunque parezca pequeño, hace una clase mucho más amable.
Ciar levantó una pata.
—Entonces… ¿ser solidario también puede ser algo pequeño?
—Claro que sí —respondió Gafas de Cristal—. A veces empieza con algo tan sencillo como recoger lo que has tirado, dejar sitio al de al lado o darte cuenta de que alguien necesita ayuda antes de que la pida.
Ori miró su hoja. Cari cerró con cuidado la cajita de pinturas. Ohm apoyó una mano sobre la mesa ya ordenada. Y Ciar observó un momento el aula entera, como si la viera un poco distinta a como la había visto al llegar.
—Creo que mañana intentaré entrar más despacio —dijo.
—Eso sería una excelente noticia para las mesas de toda la clase —respondió Cari.
Todos se echaron a reír.
Cuando salieron al recreo, el sol seguía entrando por la ventana y el aula había recuperado su orden tranquilo. Pero para ellos no era exactamente el mismo lugar que antes.
Ahora la clase de Gafas de Cristal tenía algo más.
No algo nuevo de ver.
Algo nuevo de entender.
Y desde aquel día, cuando alguno llegaba demasiado deprisa, ocupaba mucho sitio o pensaba solo en lo suyo, siempre había alguien que recordaba la lección con una frase muy sencilla:
—Haz mesa amiga.
Y casi siempre funcionaba.
Tipo de cuento: cuento escolar de convivencia y pequeños gestos
Temas: amistad, solidaridad, aula, orden, cuidado, cooperación
Ideal para: niños y niñas que están aprendiendo a convivir en clase y disfrutan historias suaves sobre amistad, cuidado y respeto
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