Ciar y las diez semillas

Resumen: Ciar quiere ayudar en una pequeña tarea de Hormitrópolis, pero descubre que contar bien es más importante de lo que parecía. Con la ayuda de Ohm, Ori y Cari, aprenderá a contar semillas, pasos y objetos sin prisas, hasta descubrir que los números también pueden formar parte de una aventura.
Edad: 4-6 años · Tiempo de lectura: 5-6 minutos · Categoría: Pequeños Lectores
En Hormitrópolis, la mañana había amanecido clara y tranquila. Las hojas brillaban con gotas pequeñas de rocío y el aire olía a tierra limpia y a flores recién abiertas.
Ohm, Ori, Ciar y Cari estaban junto al huerto pequeño de la escuela, donde la profesora Gafas de Cristal había dejado una cesta vacía y un puñado de semillas redondas sobre una piedra lisa.
—Hoy vamos a preparar una siembra pequeña —había explicado la profesora un rato antes—. Pero para hacerlo bien, necesitamos contar las semillas con cuidado.
Ohm asintió enseguida. Ori observó las semillas con atención. Cari acercó su libro azul y miró la cesta como si ya estuviera pensando en el mejor orden posible.
Ciar, en cambio, sonrió con confianza.
—Eso es facilísimo. Yo puedo hacerlo.
—Muy bien —dijo Ohm—. Entonces cuenta cuántas semillas necesitamos para esta fila.
Ciar miró la tierra removida, luego la piedra, luego la cesta.
—Muchas —respondió al fin.
Cari se ajustó las gafas.
—“Muchas” no es un número.
—Ya lo sé —dijo Ciar—. Quería decir… siete. O quizá nueve. O una cantidad bastante buena.
Ori soltó una pequeña risa.
Ohm no se rió. Solo se sentó sobre una raíz baja y miró a Ciar con calma.
—No pasa nada. Para eso se aprende.
Ciar bajó un poco la cabeza.
—Es que cuando las veo todas juntas me lío. Empiezo bien, pero luego no sé si ya he contado una o si la estoy mirando por segunda vez.
Cari dejó el libro a un lado y se acercó a la piedra.
—Entonces no las mires todas a la vez. Vamos de una en una.
Colocó una semilla aparte.
—Una.
Después colocó otra junto a la primera.
—Dos.
Ori añadió una tercera.
—Tres.
Ohm puso una cuarta con mucha tranquilidad.
—Cuatro.
Ciar observó la fila. Así era mucho más fácil. Las semillas no estaban amontonadas. Ahora formaban una línea clara, una detrás de otra.
—Yo sigo —dijo.
Tomó una semilla y la dejó junto a las demás.
—Cinco.
Luego otra.
—Seis.
Y otra más.
—Siete.
Esta vez sonrió de verdad.
—¡Ahora sí!
—Porque las estás ordenando —dijo Cari—. Contar es más fácil cuando no quieres correr.
Ciar tomó aire y siguió.
—Ocho… nueve… diez.
Al terminar, miró la fila completa como si acabara de construir algo importante.
—He contado diez.
—Exacto —dijo Ohm—. Y sin inventarte una “cantidad bastante buena”.
Ciar se echó a reír.
La profesora Gafas de Cristal regresó entonces desde el sendero con una regadera pequeña. Miró la fila de semillas y asintió satisfecha.
—Muy bien. Diez semillas para la primera fila. ¿Quién las lleva hasta la tierra?
—Yo —dijo Ciar enseguida.
Pero justo cuando fue a cogerlas, se detuvo.
—Espera… si las cojo todas juntas, volveré a liarme.
Ori tuvo una idea.
—Podemos hacerlo contando también los pasos.
—¿Los pasos? —preguntó Ciar.
—Sí. Coges una semilla, das un paso, la dejas. Luego otra semilla, otro paso, y así sabes siempre cuántas van.
La idea le pareció tan buena que Ciar quiso probarla enseguida.
Cogió la primera semilla.
—Una.
Avanzó un paso y la dejó en el primer pequeño agujero de tierra.
Cogió la segunda.
—Dos.
Otro paso. Otro agujero.
La tercera.
—Tres.
Y así siguió, mientras Ohm, Ori y Cari lo acompañaban a su lado.
Cuando llegó a cinco, levantó la vista muy contento.
—Ya sé por dónde voy.
—Claro —dijo Cari—. Porque ahora el número no solo está en tu cabeza. También está en lo que haces.
Ciar siguió hasta colocar la última.
—Diez.
Se quedó mirando la fila de pequeños agujeros con sus semillas dentro. No era una fila perfecta, porque dos estaban un poco torcidas y una casi tocaba el borde. Pero allí estaban las diez. Bien contadas. Bien puestas.
Y eso le pareció maravilloso.
—Quiero hacerlo otra vez —dijo.
—Eso significa que te está gustando —comentó Ori.
—Sí. Antes los números me parecían cosas que se escapaban. Ahora parecen piedras del camino. Si voy una a una, no se me pierden.
La profesora sonrió.
—Esa es una manera muy buena de explicarlo.
Después de sembrar la primera fila, hicieron un pequeño descanso junto al borde del huerto. Cari sacó de su bolsita unas cuentas de colores hechas con semillas secas y propuso otro juego.
—Ahora vamos a contar saltos.
Ciar abrió mucho los ojos.
—Eso me interesa.
Ohm marcó una línea corta en la tierra. Ori colocó una hoja al final para señalar la meta. Entonces empezaron.
—Un salto —dijo Ohm.
—Dos saltos —continuó Ori.
—Tres saltos —dijo Cari.
—¡Cuatro! —gritó Ciar, saltando con tanta energía que casi se pasa de la meta.
Todos se echaron a reír.
Repitieron el juego varias veces: contando piedras redondas, contando flores amarillas cerca del huerto, contando herramientas pequeñas sobre una mesa baja y hasta contando cuántas gotas caían de una hoja inclinada.
Poco a poco, Ciar dejó de dudar tanto. A veces se detenía un segundo. A veces volvía a empezar. Pero ya no se enfadaba ni fingía saber el número antes de tiempo. Ahora contaba despacio. Miraba. Separaba. Volvía a contar si hacía falta.
Y cada vez le salía mejor.
Al final de la mañana, la profesora Gafas de Cristal les hizo una última pregunta.
—Ciar, ¿cuántos sois hoy trabajando en el huerto?
Ciar miró a su alrededor.
Primero vio a Ohm.
Luego a Ori.
Después a Cari.
Y por último se señaló a sí mismo con una sonrisa enorme.
—Uno, dos, tres… y cuatro. Somos cuatro.
—Correcto —dijo la profesora.
Ciar levantó los brazos con orgullo.
—Y además diez semillas en la primera fila, cuatro saltos en la línea corta y un montón de cosas más.
—No digas “un montón” —bromeó Cari—. Ya sabes que eso tampoco es un número.
—De acuerdo —respondió Ciar, riéndose—. Entonces diré que hoy he aprendido muchas cosas… pero contadas de verdad.
Cuando se marcharon del huerto, el sol seguía brillando sobre las hojas y la tierra olía todavía mejor que por la mañana. Ciar caminaba contento, mirando las piedras del sendero y murmurando números en voz baja cada vez que encontraba un grupo nuevo.
Uno, dos, tres.
Cuatro hojas.
Cinco pétalos.
Seis semillas pequeñas.
Ohm lo miró de reojo.
—Creo que ya no vas a parar.
—No por ahora —dijo Ciar—. He descubierto que contar sirve para muchas más cosas de las que pensaba.
Y así era.
Porque desde aquel día, cuando en Hormitrópolis hacía falta contar semillas, pasos, piedras o flores, Ciar ya no decía “muchas” ni “una cantidad bastante buena”.
Primero miraba.
Luego ordenaba.
Y después contaba una a una, como quien avanza por un sendero claro sin perderse.
Tipo de cuento: cuento de aprendizaje y descubrimiento cotidiano
Temas: números, contar, semillas, paciencia, aprendizaje, amistad
Ideal para: niños y niñas que están empezando a contar y disfrutan historias suaves donde aprender forma parte de la aventura
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