Ciar y el canto de Shruti

Resumen: Ciar oye una melodía extraña en el Bosque de los Susurros y decide seguirla. Lo que descubre no es una criatura mágica cualquiera, sino un antiguo lugar del bosque al que los mayores llamaban Shruti: un rincón donde la tierra, el agua y las raíces responden al sonido. Pero algo ha roto su equilibrio, y la pandilla tendrá que averiguar qué está apagando su canto.
Edad: +7 años · Tiempo de lectura: 7-8 minutos · Categoría: Grandes Aventureros
En Hormitrópolis, había días en los que el bosque parecía hablar más de lo normal.
No con palabras, claro, sino con pequeños sonidos que casi nadie escuchaba si iba con prisa: una gota cayendo dentro de una hoja hueca, el roce del aire entre los juncos, una rama fina vibrando como una cuerda cuando el viento cambiaba de dirección.
A Ciar le gustaban mucho esos días.
Decía que el bosque tenía música escondida y que solo hacía falta saber dónde pararse para oírla. Ohm solía responder que aquello sonaba bonito, pero que también convenía mirar por dónde se pisaba mientras uno escuchaba melodías invisibles. Ori, como casi siempre, pensaba que los dos tenían parte de razón. Y Cari aseguraba que, si el bosque cantaba, al menos debería hacerlo sin hacerlos perder el tiempo.
Aquella mañana, Ciar salió antes que los demás hacia el borde del Bosque de los Susurros. No iba muy lejos. Solo quería revisar una zona donde el día anterior había encontrado unas semillas alargadas con formas extrañas. Pero al llegar junto a un grupo de helechos altos, se quedó completamente quieto.
Había una melodía en el aire.
No era el canto de un pájaro ni el zumbido de los insectos del mediodía. Era un sonido fino, limpio y ondulado, como si varias notas pequeñas estuvieran naciendo dentro del mismo bosque.
Ciar giró la cabeza a un lado y a otro.
La melodía volvía a aparecer y a esconderse.
—Eso no lo había oído nunca —murmuró.
Siguió el sonido despacio, apartando ramas bajas y pasando entre raíces anchas cubiertas de musgo. Cuanto más avanzaba, más clara se volvía la melodía. No era fuerte. Pero tenía algo que obligaba a seguir escuchando.
Al final llegó a una pequeña depresión del terreno, casi un círculo natural rodeado de piedras planas, raíces curvas y plantas bajas. En el centro había una lámina de agua muy quieta, apenas un pequeño espejo entre la tierra húmeda. A su alrededor, varias raíces finas salían a la superficie formando dibujos delicados. Y cuando el viento rozaba aquellas raíces y pasaba por los tallos huecos de unas plantas del borde, surgía la melodía.
Ciar abrió mucho los ojos.
—¿Qué sitio es este?
No parecía un claro cualquiera. Todo allí estaba colocado de una manera extraña y armoniosa, como si el bosque hubiera construido un instrumento secreto a escondidas.
Entonces oyó pasos conocidos detrás de él.
—Sabía que te encontraríamos en algún rincón raro —dijo Ohm.
Ciar se volvió. Ohm, Ori y Cari habían llegado siguiendo sus huellas del sendero blando.
—Tenéis que oírlo —dijo Ciar—. No es un pájaro. No es viento normal. Es otra cosa.
Ori se acercó despacio a la lámina de agua. Cari observó las raíces superficiales. Ohm se quedó escuchando en silencio unos segundos largos.
Y entonces sonó otra vez.
Una nota breve.
Luego otra más larga.
Después una vibración más grave, nacida en algún hueco bajo la tierra.
—Esto está hecho por el agua y las raíces —dijo Ori, fascinado.
—Y por esos tallos huecos —añadió Cari—. El aire pasa y cambia el sonido.
Ohm recorrió el borde con la mirada.
—Creo que este lugar tiene nombre.
—¿Lo conoces? —preguntó Ciar.
—Mi abuelo hablaba de un rincón del bosque al que llamaban Shruti —respondió Ohm—. Decía que era un lugar antiguo donde el agua, la tierra y las raíces respondían al sonido. Nunca pensé que existiera de verdad.
Ciar sonrió como si acabara de descubrir un tesoro.
—Entonces lo he encontrado yo.
—Eso parece —dijo Ori.
Pero justo en ese momento la melodía se cortó.
El aire siguió moviendo las hojas. El agua permaneció quieta. Sin embargo, el sonido desapareció de golpe, como si algo hubiera quedado atascado en medio del canto del bosque.
Los cuatro se miraron.
—Eso ya no me gusta tanto —murmuró Cari.
Ciar se agachó junto a la orilla. Una parte de la lámina de agua estaba más baja que el resto. Además, varias raíces finas aparecían cubiertas por una capa oscura de barro espeso y hojas podridas.
Ori señaló un lado del círculo.
—Mirad allí.
Uno de los pequeños canales por donde debía entrar el agua al centro estaba casi taponado por tierra caída, ramitas y restos de hojas acumuladas. Más arriba, una piedra plana se había deslizado de su sitio, empujando parte del barro hacia abajo y cerrando medio paso del agua.
Ohm se agachó a observar mejor.
—Si el agua no circula bien, cambia el nivel del centro. Y si cambia el nivel, las raíces ya no vibran igual.
—Y si las raíces no vibran igual, Shruti deja de cantar —dijo Ciar.
—Exacto —respondió Ohm.
Cari cruzó los brazos.
—Entonces no tenemos un misterio mágico. Tenemos un atasco.
—Un atasco muy elegante —corrigió Ciar.
Decidieron arreglarlo enseguida.
Primero intentaron retirar con las manos el barro más blando, pero la capa estaba demasiado apelmazada. Luego Ohm buscó una ramita fuerte para usarla como palanca en la piedra desplazada. Ori limpió con cuidado el borde del pequeño canal para no romper las raíces finas. Cari apartó las hojas húmedas que cubrían las entradas de aire entre los tallos del borde.
Al principio avanzaron bien. La piedra se movió un poco. El canal respiró mejor. Una pequeña corriente volvió a deslizarse hacia el centro.
Entonces el terreno cedió de golpe bajo uno de los lados y una porción de barro oscuro se derramó hacia la lámina de agua.
—¡Atrás! —avisó Ohm.
Los cuatro saltaron hacia atrás justo cuando el barro enturbiaba media superficie y cubría dos de las raíces que antes habían sonado como cuerdas suaves.
Ciar apretó los puños.
—Ahora lo hemos empeorado.
Ohm negó con la cabeza.
—No del todo. Ahora sabemos qué estaba pasando. La ladera superior está soltando barro porque esa piedra grande ya no sostiene bien el borde.
Ori miró hacia arriba con atención.
—Si la dejamos así, el barro volverá a bajar aunque limpiemos el centro.
Cari asintió.
—Primero hay que sujetar la ladera. Luego despejar el canal. Y al final limpiar las raíces con cuidado.
Ciar se incorporó de golpe.
—Entonces vamos por partes. Yo traigo ramas planas para hacer tope. Ohm, ayúdame con la piedra. Ori, busca por dónde debe correr el agua exactamente. Cari, tú mira qué raíces se pueden tocar y cuáles no.
Los demás lo miraron un segundo.
—Eso ha sonado bastante bien —dijo Ori.
—Lo sé —respondió Ciar, sorprendido incluso de sí mismo—. Me ha salido solo.
Se pusieron a trabajar de nuevo, pero esta vez con más orden.
Ohm y Ciar colocaron dos ramas planas y varias piedras pequeñas para volver a fijar el borde superior de la ladera. No era una obra grande, pero bastó para detener el deslizamiento de la tierra blanda. Ori siguió el recorrido del agua con una hoja seca y comprobó dónde debía abrirse mejor el paso. Cari limpió los tallos huecos y dejó libres los pequeños espacios por donde entraba el aire, revisando una y otra vez que ninguna raíz delicada se partiese.
Luego llegó la parte más difícil.
Había que retirar el barro pegado a las raíces del centro sin dañar la superficie del agua ni deshacer el equilibrio recién recuperado del canalillo superior.
—Con las manos las moveremos demasiado —dijo Ori.
—Con ramas gruesas las romperemos —añadió Cari.
Ohm pensó unos segundos y luego miró los bordes de una hoja grande cercana, firme pero flexible.
—Necesitamos algo ancho, suave y fino a la vez.
Ciar sonrió inmediatamente.
—Ya sé.
Cortó con cuidado una tira ancha de hoja seca pero resistente. No la arrancó del todo; la trabajó hasta dejarla como una pequeña pala flexible. Con ella, empezó a levantar el barro oscuro por capas muy delgadas, pasándolo después a un lado donde ya no pudiera volver a caer al agua.
Ori lo ayudó guiando la dirección. Cari se ocupó de separar con una fibra fina los restos más pequeños. Ohm controló el paso del agua en el canal de entrada, abriéndolo un poco más cuando hizo falta.
Fue un trabajo lento.
Muy lento.
Pero poco a poco la lámina de agua recuperó su forma redonda y tranquila. Las raíces finas volvieron a verse claras bajo la superficie. Los tallos del borde quedaron despejados. Y el canalillo superior dejó entrar una corriente suave y constante.
Los cuatro se apartaron un momento.
No pasó nada enseguida.
Ciar contuvo la respiración.
—¿Y si no funciona?
El aire atravesó entonces el borde del círculo.
Primero sonó una nota muy baja, casi un murmullo.
Luego otra, más limpia.
Después una vibración dulce recorrió las raíces finas y pasó bajo la lámina de agua con un sonido tan delicado que los cuatro se quedaron completamente quietos para no perderlo.
Shruti volvía a cantar.
Nadie habló durante unos segundos.
El lugar entero parecía respirar mejor.
La melodía no era fuerte ni grandiosa. Pero sí exacta. Como si el bosque, después de mucho rato intentando decir algo, por fin hubiera encontrado de nuevo su voz.
Ciar sonrió el primero.
—Ahora sí.
Ori se sentó sobre una piedra plana y cerró un momento los ojos para escuchar mejor.
—Es aún más bonito que antes.
—Porque ahora sabemos cómo funciona —dijo Ohm.
Cari se ajustó las gafas y miró el pequeño círculo de agua, raíces y viento con una expresión más suave de lo normal.
—Y porque hemos llegado antes de que el atasco lo echara a perder del todo.
Ciar se acercó al borde, esta vez sin tocar nada.
—Entonces Shruti no era una criatura escondida.
—No —respondió Ohm—. Es este lugar. O mejor dicho, lo que pasa aquí cuando todo está en equilibrio.
—Me gusta más así —dijo Ori.
—A mí también —añadió Cari—. Menos misterio absurdo y más bosque de verdad.
Ciar se echó a reír.
Luego se sentó con sus amigos alrededor del círculo natural y escucharon un rato sin prisa, mientras la melodía cambiaba con el viento y el paso del agua.
Cuando regresaron a Hormitrópolis, llevaban barro en las patas, hojas húmedas en la ropa y una historia que nadie iba a creer del todo a la primera.
Pero ellos no necesitaban convencer a nadie demasiado.
Sabían lo que habían encontrado.
Y desde aquel día, cada vez que el bosque sonaba distinto en las mañanas de aire suave, Ciar sonreía y levantaba un poco la cabeza.
Porque había lugares que no se descubrían con mapas ni con carreras.
Se descubrían escuchando.
Y algunos, como Shruti, solo revelaban su secreto a quienes llegaban con curiosidad, paciencia y ganas de entender cómo estaba hecha de verdad la música del bosque.
Tipo de cuento: aventura de misterio natural y descubrimiento
Temas: bosque, sonido, equilibrio natural, observación, trabajo en equipo, curiosidad
Ideal para: lectores que disfrutan historias donde el misterio se resuelve observando la naturaleza y colaborando en grupo
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