Ciar y el dolor de barriga

Ciar con dolor de barriga junto a Ohm, Ori y Cari en Hormitrópolis

Resumen: Ciar había dicho tantas veces que le dolía la barriga cuando en realidad quería librarse de algo, que un día, cuando el dolor fue de verdad, casi nadie supo si creerle. Con la ayuda de Cari, Ohm y Ori, descubrirá que la confianza se cuida poco a poco y que decir la verdad importa mucho más cuando uno necesita ayuda de verdad.

Edad: 4-6 años · Tiempo de lectura: 5-6 minutos · Categoría: Pequeños Lectores

En Hormitrópolis, Ciar era conocido por muchas cosas.

Era rápido, curioso, ruidoso cuando se emocionaba y capaz de convertir una mañana tranquila en una pequeña aventura con solo levantar la gorra roja y decir que había visto algo importantísimo.

Pero también tenía un problema.

Cuando no quería hacer algo, a veces inventaba excusas.

Unas veces decía que estaba cansado. Otras, que le dolía una pata. Y muchas veces repetía lo mismo con una voz muy seria:

—Me duele la barriga… creo que hoy no puedo.

Al principio, todos se preocupaban.

Cari dejaba lo que estaba haciendo para mirarlo mejor. Ohm le preguntaba si necesitaba ayuda. Ori observaba si de verdad tenía mala cara. Incluso en la escuela, Gafas de Cristal le hablaba más despacio y le preguntaba si quería sentarse un momento.

Pero como Ciar decía aquello muchas veces sin ser verdad, poco a poco los demás empezaron a desconfiar.

Y Ciar, como veía que algunas veces la excusa le servía para librarse de una tarea, siguió usándola más de la cuenta.

Hasta que un día le dolió la barriga de verdad.

Había sido una tarde de mercado, con puestos llenos de cosas ricas, olor a miel, galletitas de semillas y unos caramelos redondos de fruta que a Ciar le parecieron irresistibles.

Primero tomó uno.

Después otro.

Luego otro más.

Y antes de darse cuenta, había comido demasiados.

Al principio no pasó nada. Seguía caminando, hablando y mirando escaparates con sus amigos. Pero al cabo de un rato, notó una molestia extraña en la barriga. Después otra más fuerte. Y de pronto tuvo que encogerse un poco, apretando los ojos.

—¿Qué te pasa? —preguntó Ori, que fue el primero en darse cuenta.

Ciar tragó saliva.

—Creo… creo que me duele mucho la barriga.

Cari lo miró con atención.

Esta vez no sonaba igual que otras veces.

No había gesto exagerado, ni media sonrisa escondida, ni ganas de escapar de una tarea aburrida. Esta vez Ciar estaba pálido de verdad y casi no podía andar recto.

—Ohm —dijo Cari enseguida—. Creo que esta vez sí va en serio.

Ohm se acercó y puso una pata en el hombro de Ciar.

—Vamos a llevarte a que te vean.

Entre Cari y Ohm lo ayudaron a avanzar despacio, mientras Ori caminaba delante para despejar el paso. Pero cuando llegaron a pedir ayuda, la respuesta no fue la que Ciar esperaba.

Una de las hormigas que estaba allí lo miró y suspiró.

—Otra vez con el dolor de barriga…

Ciar bajó la cabeza.

—No, esta vez sí me duele de verdad.

La hormiga dudó.

Y esa duda pesó mucho.

Porque Ciar supo en ese instante que no había aparecido por casualidad. Había aparecido por todas las veces anteriores en que había dicho lo mismo sin ser verdad.

Cari dio un paso adelante.

—Yo lo he visto. Esta vez no está fingiendo.

Ohm asintió también.

—Necesita ayuda de verdad.

Ori miró a Ciar y añadió en voz baja:

—Y creo que no puede seguir mucho rato así.

Al oír a sus amigos hablar con tanta seguridad, la hormiga comprendió que aquello no era una broma. Los dejó pasar y pidió ayuda a una adulta del pueblo que sabía mucho de hierbas suaves y dolores de barriga.

La adulta llegó con calma, observó a Ciar y le hizo una pregunta sencilla:

—Cuéntame qué has comido hoy.

Ciar quiso responder deprisa, pero se detuvo.

Podría haber dicho “nada raro”. Podría haber intentado restarle importancia. Podría haber vuelto a esconder una parte de la verdad.

Pero ya no quería hacerlo.

—He comido demasiados caramelos —admitió al fin—. Muchos más de la cuenta.

La adulta asintió sin enfadarse.

—Entonces ya sabemos por dónde empezar.

Le preparó una infusión suave de hierbas, lo dejó descansar a la sombra y le pidió que respirara despacio. Poco a poco, el dolor dejó de apretar con tanta fuerza. Seguía incómodo, sí, pero ya no parecía una piedra clavada en la barriga.

Ciar empezó a sentirse mejor.

Y entonces se sintió también un poco peor por dentro.

No por el dolor físico.

Sino por otra cosa.

Miró a Cari, a Ohm y a Ori, que seguían cerca sin moverse demasiado para no molestarlo.

—Perdón —dijo en voz baja.

Cari inclinó la cabeza.

—¿Por los caramelos?

Ciar negó despacio.

—También. Pero sobre todo por haber dicho tantas veces que me dolía la barriga cuando no era verdad. Hoy me ha dolido de verdad y casi nadie sabía si creerme.

Ohm no respondió enseguida. Se sentó a su lado sobre una raíz baja y habló con su tono tranquilo de siempre.

—La confianza no desaparece de golpe. Se va gastando poco a poco.

Ori añadió:

—Y cuesta más volver a llenarla que vaciarla.

Cari cruzó las patas y lo miró con expresión seria, pero no dura.

—Por eso importa tanto decir la verdad incluso cuando parece una cosa pequeña.

Ciar sintió un nudo en la garganta.

—Ya lo he entendido.

La adulta de las hierbas, que lo había oído todo mientras ordenaba sus hojas secas y sus cuencos pequeños, se volvió hacia él con una sonrisa suave.

—Entenderlo es un buen comienzo. Pero luego hay que demostrarlo.

—¿Cómo? —preguntó Ciar.

—Diciendo la verdad mañana. Y pasado mañana. Y también cuando no te convenga tanto.

Ciar asintió muy serio.

A la mañana siguiente, ya mucho mejor, fue a ver a quienes lo habían oído tantas veces quejarse de la barriga sin motivo.

No llevó un gran discurso preparado. Ni quiso parecer especialmente solemne. Solo dijo lo que tenía que decir.

—Quiero pedir perdón. Muchas veces dije que me dolía la barriga para librarme de cosas que no quería hacer. Ayer sí me dolía de verdad, y entendí que eso estaba mal. Quiero hacerlo mejor a partir de ahora.

No todo cambió en un segundo.

Nadie volvió a confiar ciegamente en él de inmediato.

Pero algo importante sí cambió.

Ciar dejó de usar excusas falsas.

Cuando estaba cansado, lo decía sin inventar dolores. Cuando una tarea no le gustaba, lo reconocía. Y si algo le preocupaba, intentaba decirlo tal como era.

A veces le costaba, claro.

Pero cada vez le salía mejor.

Pasaron los días, y poco a poco los demás empezaron a creerlo otra vez. No porque un solo perdón arreglara todo, sino porque lo acompañó con muchas pequeñas verdades después.

Una tarde, mientras caminaban juntos por un sendero de hojas secas, Ciar miró a sus amigos y sonrió un poco.

—Creo que hoy no me duele nada.

Cari soltó una risa corta.

—Me alegro. Y además, esta vez te creo.

Ori también sonrió.

Ohm se ajustó bien la camiseta naranja y siguió caminando con calma.

Y Ciar comprendió que aquella respuesta valía muchísimo más que cualquier excusa fácil que hubiera inventado antes.

Porque había aprendido algo importante.

Una mentira puede parecer pequeña cuando se dice.

Pero la confianza que rompe siempre es más grande.

Y por eso merece la pena cuidar la verdad, incluso en las cosas que parecen más simples.

Tipo de cuento: cuento de emociones, honestidad y consecuencias

Temas: verdad, confianza, dolor de barriga, amistad, consecuencias, aprendizaje

Ideal para: niños y niñas que están aprendiendo a decir la verdad, asumir errores y entender por qué la confianza se cuida poco a poco

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