Ciar y la gran galleta de los humanos

ciar y la gran galleta de los humanos

Resumen: Ciar convence a la pandilla para acercarse a la casa de los humanos, un lugar enorme y desconocido que siempre ha despertado su curiosidad. Lo que empieza como una expedición rápida se complica cuando descubren una cocina inmensa, un ruido inesperado y una galleta demasiado tentadora para volver con las manos vacías.

Edad recomendada: +7 años · Tiempo de lectura: 7-8 minutos · Categoría: Grandes Aventureros (+7 años)

Desde hacía días, Ciar no dejaba de mirar hacia el mismo lugar.

Más allá del sendero ancho, después de la zona de zarzas bajas y del viejo poste inclinado, se levantaba la casa de los humanos. Desde Hormitrópolis se veía solo a trozos: una esquina del tejado, una ventana que brillaba por la tarde y, a veces, una sombra enorme moviéndose detrás del cristal.

Para casi todos, aquello bastaba para mantenerse lejos.

Para Ciar, no.

—No digo entrar hasta el fondo —insistió aquella mañana, mientras caminaba con Ohm, Ori y Cari por el borde del bosque—. Solo acercarnos un poco. Verla de cerca. Saber si de verdad es tan enorme como dicen.

Ohm frunció el ceño.

—Cuando algo es enorme y no sabes cómo funciona, lo normal es no acercarse sin pensar.

—Precisamente por eso quiero verla —respondió Ciar—. Para dejar de imaginar cosas y saber cómo es de verdad.

Ori miró hacia la casa entre los árboles. Cari ajustó sus gafas y guardó silencio unos segundos, como hacía cuando aún no estaba segura.

—Podemos acercarnos —dijo al fin—. Pero solo si no improvisamos todo el tiempo.

Ciar sonrió enseguida.

—Trato hecho.

Avanzaron con cautela hasta el límite donde el bosque empezaba a aclararse. Allí el suelo cambió: menos hojas, más tierra dura, olor distinto. Ya no olía a raíces ni a hierba húmeda. Olía a madera vieja, a polvo tibio y a algo dulce que venía del interior de la casa.

Cuando por fin llegaron al porche, ninguno habló durante un momento.

La madera bajo sus patas parecía una plaza entera. La puerta entreabierta era tan alta que resultaba difícil verla como una puerta. Más bien parecía una muralla abierta hacia un mundo extraño.

—Vale —murmuró Ori—. Sí que es enorme.

Ciar no respondió. Tenía la mirada fija en la rendija de la puerta.

—Entramos solo un poco —dijo—. Miramos y salimos.

Ohm estuvo a punto de negar con la cabeza. Cari abrió la boca para decir algo. Pero el olor dulce se hizo más intenso y la curiosidad tiró del grupo un paso más cerca.

Dentro, la casa era todavía más extraña.

Las patas de las sillas parecían troncos pulidos. Las baldosas del suelo se extendían como plazas de piedra lisa. La mesa de la cocina quedaba tan alta que costaba creer que alguien pudiera sentarse allí todos los días sin sentirse pequeño.

Y entonces la vieron.

Sobre un plato, cerca del borde de la mesa, había una galleta enorme. Dorada. Redonda. Con trozos oscuros incrustados que desde abajo parecían piedras brillantes.

—Eso no es una galleta —susurró Ori—. Eso es medio invierno de comida.

Ciar levantó la barbilla, fascinado.

—Imagina volver con un trocito de eso.

Ohm giró la cabeza hacia él al instante.

—No habíamos venido a llevarnos nada.

—Ya lo sé. Pero ahora que la hemos visto…

—Ahora que la hemos visto, ya sabemos bastante —cortó Cari—. Y eso era el plan.

Ciar no apartó la vista de la mesa. Aquello le parecía demasiado increíble como para salir de allí sin nada que demostrara que habían llegado hasta dentro.

Fue entonces cuando se oyó el ruido.

Un golpe sordo en otra habitación. Después, pasos lejanos. Pesados. Irregulares.

La cocina entera pareció encogerse a su alrededor.

—Nos vamos —dijo Ohm, esta vez sin duda.

Todos retrocedieron unos pasos, menos Ciar, que seguía pensando en la galleta, en lo cerca que estaba y en lo poco que faltaba para tocar un trozo de aquel tesoro imposible.

—Solo un pedacito —insistió—. Si nos movemos rápido…

Pero no terminó la frase. Otro paso humano sonó al fondo y esta vez no quedó sitio para discutir.

Salieron corriendo por la rendija de la puerta, atravesaron el porche y no se detuvieron hasta alcanzar la hierba alta junto al bosque. Solo entonces se atrevieron a mirar atrás.

La casa seguía allí, enorme y quieta, como si no hubiera pasado nada. Pero a la pandilla le costó un rato volver a respirar con calma.

—Eso ha estado demasiado cerca —dijo Ori, todavía con las antenas tensas.

—Y aún querías subir a por la galleta —añadió Ohm.

Ciar se cruzó de brazos, molesto consigo mismo y con todos a la vez.

—Solo pensaba que sería una gran aventura.

Cari se sentó sobre una piedra baja y lo miró con calma.

—Lo ha sido. Pero una aventura no mejora por arriesgar más de la cuenta. A veces mejora por saber cuándo parar.

Ciar iba a responder rápido, como casi siempre. Pero esta vez no lo hizo. Recordó el sonido de los pasos dentro de la casa. Recordó lo pequeños que se habían sentido todos allí dentro. Recordó también que habían salido a tiempo porque, al final, el grupo se había movido unido y no porque él hubiera tenido razón.

El silencio duró más de lo habitual.

Luego Ciar miró otra vez hacia la casa, mucho más lejana desde la seguridad del bosque.

—La galleta seguirá allí —dijo al fin—. Pero nosotros también.

Ohm levantó una ceja, sorprendido por la frase. Ori soltó el aire con una risa breve. Cari sonrió apenas.

—Eso es bastante mejor que volver con un trozo —dijo ella.

Emprendieron el camino de regreso más despacio. Esta vez, la aventura no tenía premio en las patas ni trofeo que enseñar. Pero sí una historia de las que se recuerdan bien: la de haber visto de cerca un lugar gigantesco, haber sentido de verdad el peligro de no medir los pasos y haber salido juntos antes de convertir la curiosidad en una mala decisión.

Mientras el bosque recuperaba su olor conocido, Ciar comprendió algo que no le entusiasmó al principio, aunque luego le pareció justo: a veces volver con las manos vacías es la forma más inteligente de no perder lo importante.

Tipo de cuento: exploración, curiosidad y decisión bajo presión

Temas: casa de los humanos, aventura, límites, prudencia, trabajo en equipo

Ideal para: lectores que disfrutan de expediciones, espacios enormes y decisiones que cambian justo a tiempo.

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