El hada Alegría en Hormitrópolis

Resumen: Una mañana, Hormitrópolis amanece más gris y silenciosa de lo normal. Entonces aparece Alegría, un hada luminosa que enseña a Ohm, Ori, Ciar y Cari que una sonrisa, un juego o una palabra amable pueden cambiar el día de los demás.
Edad: 4-6 años · Tiempo de lectura: 4-5 minutos · Categoría: Pequeños Lectores
Aquel día, Hormitrópolis no parecía la de siempre.
Las hojas del camino se movían despacio. La laguna estaba quieta. En la plaza apenas se oían risas. Hasta el aire parecía caminar con sueño.
Ohm, Ori, Ciar y Cari avanzaban juntos por el sendero sin hablar demasiado.
—Hoy todo está un poco apagado —dijo Ori, mirando a su alrededor.
—Sí —respondió Cari—. Parece que a la ciudad se le ha olvidado sonreír.
Ohm observó las nubes con atención.
—Seguro que podemos hacer algo.
Ciar metió las manos en los bolsillos y miró la laguna.
—Pues ojalá se nos ocurra pronto, porque este día da ganas de bostezar.
En ese momento, un destello dorado apareció entre los árboles.
Primero fue una lucecita pequeña, como una chispa flotando en el aire.
Después brilló un poco más.
Y, de pronto, delante de ellos apareció una hadita de alas transparentes, vestido suave y sonrisa cálida.
—Hola —dijo con una voz dulce—. Soy Alegría.
Ciar abrió mucho los ojos.
—¿Un hada de verdad?
La hadita soltó una risa bajita.
—Eso parece.
Cari dio un paso al frente.
—¿Has venido porque Hormitrópolis está triste?
Alegría asintió.
—He venido porque he notado que aquí hace falta un poco de luz. Pero no de la que sale de una lámpara.
Ohm inclinó la cabeza.
—¿Entonces qué clase de luz?
El hada levantó su varita y dejó caer una lluvia de destellos dorados sobre la hierba.
—La que nace cuando alguien comparte algo bueno con los demás.
Ori sonrió un poco.
—Entonces tendremos que repartirla.
—Exacto —respondió Alegría.
Los cinco fueron primero hacia la plaza pequeña, donde Bella estaba sentada en un banco con cara de cansancio.
—Hola, Bella —dijo Cari con suavidad—. ¿Quieres que te contemos algo divertido?
Bella levantó los ojos sin muchas ganas.
Entonces Ciar puso una cara tan rara, tan seria y tan torcida a la vez, que Ori soltó una risa. Después rió Cari. Luego rió Ohm.
Y al final, Bella también.
Su carcajada fue tan inesperada que dos hormiguitas que pasaban por allí empezaron a sonreír sin saber muy bien por qué.
—Ha funcionado —susurró Ohm.
Alegría revoloteó a su alrededor.
—La alegría viaja deprisa cuando encuentra una puerta abierta.
Más tarde llegaron al mercado de hojas. Allí todos trabajaban en silencio, mirando cestas, cuerdas y montones de hojas apiladas.
Ori tuvo una idea.
—Vamos a hacer un juego —dijo—. Cada uno debe encontrar la hoja más bonita del día.
Al principio nadie entendió nada.
Pero enseguida una hormiga encontró una hoja redonda como una moneda. Otra enseñó una larguísima. Otra levantó una que parecía una estrella.
Poco a poco el mercado se llenó de comentarios, sonrisas y pequeñas risas.
—Mira esta.
—Pues la mía es más brillante.
—Esta parece una pluma.
Cari miró a Alegría con los ojos encendidos.
—Ya está cambiando todo.
—Porque alguien ha dado el primer paso —respondió el hada.
Después fueron hasta el rincón de los más pequeños. Allí encontraron a Timo mirando una hoja rota con la barbilla baja.
—Se ha estropeado —murmuró.
Ciar se sentó junto a él.
—A veces las cosas rotas todavía sirven para algo bueno.
Cari pensó un segundo y aplaudió bajito.
—¡Podemos convertirlas en disfraces!
En poco rato, las hojas rotas se convirtieron en capas, sombreros, coronas y pequeñas máscaras. Los más pequeños corrían, giraban y reían como si la tristeza de la mañana se hubiera quedado muy lejos.
Cuando el sol empezó a dorar las copas de los árboles, Alegría llevó a la pandilla hasta la zona donde se sentaban las hormigas mayores.
Allí todo estaba tranquilo. Algunas miraban el suelo. Otras observaban el cielo sin hablar.
Ohm se acercó con respeto.
—¿Nos contáis una historia de cuando erais jóvenes?
Una hormiga anciana levantó la cabeza, sorprendida.
Luego sonrió despacio.
Y comenzó a contar cómo corría de pequeña entre los túneles después de la lluvia.
Otra añadió un recuerdo.
Otra enseñó una canción vieja.
En pocos minutos, aquel rincón silencioso se llenó de voces suaves, ojos brillantes y sonrisas tranquilas.
La tarde gris casi había desaparecido.
De regreso a la laguna, Alegría se detuvo y miró a Ohm, Ori, Ciar y Cari con cariño.
—Hoy no habéis cambiado Hormitrópolis con grandes cosas —dijo—. La habéis cambiado con gestos pequeños, y eso es aún más importante.
Con un movimiento suave de su varita, hizo aparecer una pequeña estrella dorada que flotó un instante delante de ellos.
—No es una estrella para guardarla en una caja. Es un recuerdo. Cada vez que alguien a vuestro alrededor tenga un día gris, acordaos de lo que habéis hecho hoy.
Ori miró la estrella con admiración.
—Entonces la alegría también puede aprenderse.
—Y compartirse —añadió Cari.
Ciar sonrió.
—Y contagiarse.
Ohm asintió despacio.
—Sí. Empieza siendo pequeña, pero puede llegar muy lejos.
Alegría soltó una última risa luminosa y se despidió entre destellos dorados.
Cuando desapareció, Hormitrópolis ya no parecía gris ni silenciosa.
En la plaza sonaban conversaciones animadas. En el mercado había sonrisas. Cerca de la laguna, una canción vieja volvía a escucharse bajito.
Y desde aquel día, cuando la mañana amanecía un poco triste, la pandilla recordaba que a veces basta una palabra amable, una risa compartida o un gesto pequeño para devolverle el color al día.
Tipo de cuento: cuento tierno de emociones y ayuda
Temas: alegría, empatía, amistad, pequeños gestos, emociones, luz, comunidad
Ideal para: niños y niñas que disfrutan de historias suaves con hadas, personajes amables y finales cálidos

