Ciar y el misterio de la rueda gigante

ciar y el misterio de la rueda gigante

Resumen: Una rueda enorme aparece en medio de un sendero del bosque y nadie en Hormitrópolis sabe cómo ha llegado hasta allí. Mientras algunos quieren marcharse cuanto antes, Ciar convence a la pandilla para investigar antes de que oscurezca. Lo que descubren cambia su forma de mirar los caminos del bosque y el mundo que hay más allá.

Edad recomendada: +7 años · Tiempo de lectura: 7-8 minutos · Categoría: Grandes Aventureros (+7 años)

Aquella tarde, la pandilla no buscaba ningún misterio.

Habían salido de Hormitrópolis con una idea mucho más sencilla: cruzar el sendero de las zarzas bajas, comprar unos caramelos en la caseta de JJ y volver antes de que el sol se escondiera detrás de los pinos altos. Pero los planes pequeños son los que más rápido cambian cuando algo imposible aparece en mitad del camino.

Fue Ohm quien se detuvo primero.

—Eso no estaba aquí esta mañana.

Ori levantó la vista. Cari cerró el libro azul que llevaba bajo el brazo. Ciar avanzó dos pasos más y se quedó mirando en silencio.

Delante de ellos, ocupando medio sendero, había una rueda enorme. Mucho más alta que cualquiera de los cuatro. Negra, gruesa, con un borde rugoso lleno de relieves, y en el centro un aro duro y brillante que reflejaba la luz entre los árboles.

No parecía una piedra. No parecía madera. No parecía nada del bosque.

—¿Qué es eso? —preguntó Ori en voz baja.

Ciar ya se había acercado más de la cuenta.

—No lo sé —admitió—. Pero alguien la ha traído hasta aquí.

Ohm rodeó la base con cautela, fijándose en el suelo. Cari observó el círculo interior. Ori, más prudente, se quedó a una distancia desde la que pudiera verlo todo.

La rueda no estaba apoyada sin más. Había dejado marcas profundas en la tierra. Dos líneas anchas llegaban hasta el sendero y se perdían unos metros atrás, donde el terreno descendía en dirección al camino grande.

—No ha caído del cielo —dijo Ohm—. Ha rodado hasta aquí.

Cari se agachó junto a una de las marcas y rozó la tierra con la punta de los dedos.

—Y ha llegado hace poco. La tierra sigue suelta en los bordes.

Ori miró alrededor, inquieto.

—Eso no responde a lo más importante: por qué una cosa así está en nuestro camino.

Ciar apoyó una pata en el borde rugoso de la rueda. El material era duro, extraño, un poco flexible. Nada parecido a lo que conocían.

—Si descubrimos de dónde ha venido, sabremos por qué está aquí.

Ohm lo miró de lado.

—No hemos salido para investigar ruedas gigantes.

—Ya, pero ahora tenemos una delante —respondió Ciar—. Y si mañana desaparece, nos quedaremos sin saber nada.

Esa era la clase de frase que podía arrastrarlos a una mala idea. Los cuatro lo sabían. Precisamente por eso, nadie respondió enseguida.

Cari fue la primera en hablar.

—Investigamos diez minutos. No más. Y no improvisamos.

Ciar sonrió. Ohm soltó aire por la nariz, resignado. Ori no parecía convencido, pero ya sabía que a veces oponerse del todo solo retrasaba las cosas.

Se repartieron el trabajo sin discutirlo demasiado. Ohm siguió el rastro ancho en la tierra hacia atrás. Ori rodeó la zona buscando señales pequeñas. Cari examinó el interior del aro. Ciar, por supuesto, decidió subir.

—No subas demasiado —advirtió Ohm desde el suelo.

—Solo quiero ver mejor —respondió Ciar, ya escalando los relieves del borde.

La rueda era más difícil de trepar de lo que parecía. Los dibujos negros del exterior ofrecían apoyo, pero también obligaban a cambiar de posición a cada momento. Cuando Ciar llegó a media altura, el bosque se abrió un poco a su alrededor. Desde allí pudo ver algo que desde abajo pasaba desapercibido: el sendero grande, más allá del desnivel, tenía otra marca igual de ancha que las del suelo cercano. Como si por allí hubieran pasado dos ruedas, no una.

—¡Eh! —gritó—. ¡No ha venido sola! ¡Ha venido con otra igual!

Ohm alzó la cabeza.

—¿Estás seguro?

—Las marcas siguen en paralelo hasta el camino grande.

Ori, mientras tanto, había encontrado algo pegado en una zarza baja. Lo miró de cerca y llamó a Cari.

—Esto no es una hoja.

Era una hebra fina, azul, tensa y brillante, atrapada entre dos espinas. Cari la examinó con cuidado.

—Tela o cuerda muy fina. También es reciente.

Ohm volvió del rastro con la expresión más seria.

—Las marcas llegan hasta el borde del camino grande. Allí hay huellas enormes. Dos líneas largas, como si algo hubiera pasado muy deprisa. Y al bajar hacia nuestro sendero, una rueda se salió del recorrido.

Ciar descendió con más cuidado del que usaría normalmente y aterrizó junto al grupo.

—Entonces no la han traído a propósito. Se ha soltado.

Ori frunció el ceño.

—¿Soltado de qué?

Nadie respondió enseguida.

Entonces Cari levantó la vista hacia el sendero grande, luego miró la rueda, luego la hebra azul atrapada en la zarza y por fin el aro del centro.

—No es solo una rueda —dijo—. Formaba parte de algo que se mueve con dos ruedas iguales. Algo que avanza por el camino grande y que alguien guía desde arriba.

Ciar abrió mucho los ojos.

—¿Como un carro?

—No exactamente —respondió Cari—. Más ligero. Más rápido. Y seguramente humano.

La palabra cambió el aire a su alrededor.

No veían a ningún humano. No oían pasos. Pero si la rueda pertenecía a uno de esos artefactos extraños de los que hablaban algunos mayores, entonces el misterio era más grande de lo que parecía. La rueda no era un objeto abandonado sin historia. Era una pieza perdida de algo mucho mayor.

Y si quien la había perdido volvía a buscarla, no convenía seguir allí demasiado tiempo.

—Se acabaron los diez minutos —dijo Ohm con claridad—. Ya sabemos bastante.

Ciar asintió, aunque aún miraba la rueda con esa mezcla peligrosa de fascinación y ganas de seguir. Pero esta vez no discutió. También él empezaba a notar que el misterio se había vuelto demasiado real.

Entonces ocurrió.

Desde el camino grande llegó un sonido rápido, metálico, acompañado de pasos lejanos y una vibración ligera en el suelo. No se veía nada aún entre los árboles, pero bastó para que los cuatro se miraran al mismo tiempo.

—Nos vamos ya —dijo Ori, sin esperar respuesta.

Corrieron hacia el lado del sendero cubierto por helechos altos. Desde allí, escondidos entre hojas, alcanzaron a ver una sombra grande detenerse unos segundos en el camino principal. No distinguieron más que movimiento, una silueta inmensa y el brillo fugaz de otra rueda todavía sujeta a una estructura.

La sombra no entró en el sendero del bosque. Permaneció unos instantes en el borde, como si dudara, y luego siguió adelante.

El sonido se alejó igual que había llegado.

Nadie habló durante un rato.

Fue Ciar quien rompió el silencio, pero esta vez sin presumir ni exagerar.

—Si nos hubiéramos quedado encima de la rueda, habría sido una idea malísima.

Ohm lo miró apenas un segundo.

—Sí.

Cari guardó la hebra azul dentro de su libro, entre dos páginas.

—Pero nos vamos con una respuesta.

Ori sonrió por fin, aunque todavía con cierta tensión en las antenas.

—Y con una respuesta bastante más grande que los caramelos.

De regreso a Hormitrópolis, el bosque ya no parecía exactamente el mismo. Seguía siendo su bosque, con sus raíces, sus claros y sus senderos conocidos. Pero ahora sabían que, muy cerca de allí, existían caminos por donde pasaban artefactos gigantes, guiados por seres enormes, y que a veces una sola pieza perdida bastaba para abrir una pregunta más grande que una tarde entera.

Ciar caminó algo más despacio al final del grupo.

No estaba decepcionado por no haber llegado a la caseta de JJ. Ni siquiera por no haber resuelto cada detalle. Al contrario: por una vez, el misterio no se había estropeado por querer correr más que los demás. Habían observado, unido pistas y sabido marcharse a tiempo.

Y eso, pensó mientras el sendero bajaba hacia casa, quizá era una aventura mejor que trepar sin pensar a cualquier cosa enorme que apareciera en mitad del bosque.

Tipo de cuento: misterio, observación y aventura en equipo

Temas: rueda gigante, pistas, bosque, investigación, curiosidad, prudencia

Ideal para: lectores que disfrutan de enigmas, objetos extraños y pandillas que resuelven misterios sin perder el sentido del peligro.

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barbudo6

 

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