El gran juego de las canicas en Hormitrópolis

Ohm, Ori, Ciar y Cari jugando a las canicas en una explanada de Hormitrópolis

Resumen: Ohm, Ori, Ciar y Cari preparan una mañana de juegos de canicas en una explanada de tierra de Hormitrópolis. Lo que empieza como una competición amistosa con hoyo, triángulo y canica corrida se complica cuando una de las canicas más especiales desaparece por una grieta del terreno. Para recuperarla, la pandilla tendrá que usar observación, paciencia y mucho ingenio.

Edad: +7 años · Tiempo de lectura: 6-7 minutos · Categoría: Grandes Aventureros

En Hormitrópolis había juegos que aparecían solo en ciertos días, como las carreras de hojas cuando soplaba viento fuerte o los saltos de piedra cuando el suelo estaba bien seco. Pero si había un juego que nunca pasaba de moda, ese era el de las canicas.

Ohm decía que las canicas tenían algo especial. No eran grandes ni ruidosas, no brillaban como un tesoro ni llenaban el aire de canciones. Y, sin embargo, bastaba ver una sola rodando sobre la tierra para que todo el mundo quisiera agacharse, seguirla con la mirada y probar suerte una vez más.

Aquella mañana, la pandilla se reunió en una explanada de tierra fina junto al Bosque de los Susurros. Era un rincón perfecto para jugar: tenía una parte lisa para lanzar, pequeños desniveles para improvisar recorridos y varias raíces antiguas que servían de límite natural para que las canicas no se escaparan demasiado lejos.

Ohm llegó primero con una bolsita de tela colgada al hombro. Detrás apareció Ori, que llevaba las canicas bien separadas por colores y tamaños dentro de una cajita hecha con corteza pulida. Ciar llegó después dando saltos cortos de entusiasmo, y Cari cerró el grupo con su libro azul bajo un brazo y un saquito rosa lleno de canicas brillantes.

—Hoy sí que sí —dijo Ciar, dejando su bolsa en el suelo—. Hoy voy a ganar por lo menos dos partidas y media.

—¿Dos y media? —preguntó Cari, ajustándose las gafas—. Eso suena a cálculo poco serio.

—La media cuenta si voy ganando y algo me distrae —respondió Ciar con total seguridad.

Ohm soltó una pequeña risa y abrió su bolsita. Dentro llevaba canicas verdes, azules, transparentes y una algo más oscura, veteada de gris y cobre.

—No me digas que has traído la meteorito —dijo Ori al verla.

—Solo para lucirla —contestó Ciar, que ya la había detectado desde lejos—. ¿La pondrás en juego?

—Ni hablar —dijo Ohm—. Esa solo sale si la situación lo merece mucho.

Cari vació sus canicas sobre un pañuelo extendido en la tierra. El sol de la mañana arrancó pequeños destellos de color.

—Podemos empezar por el hoyo —propuso—. El terreno está perfecto.

Ori asintió enseguida. Con una ramita marcó una línea de salida y luego eligió una zona de tierra algo más blanda para hacer un pequeño agujero redondo.

—Si el hoyo queda aquí, tendremos buena distancia y ninguna piedra molesta —dijo.

—Eso lo dirás tú —respondió Ciar—. Para mí, una piedra molesta siempre aparece justo cuando voy a lanzar mejor.

Se colocaron por turnos. Ohm fue el primero en agacharse. Sujetó su canica entre los dedos, calculó la distancia y la lanzó con un gesto corto y limpio. La bolita rodó recta, disminuyó la velocidad al final y quedó a muy poca distancia del hoyo.

—Buen comienzo —dijo Ori.

Cari lanzó después. La suya hizo una pequeña curva al rozar una irregularidad del terreno, pero acabó aún más cerca.

—Eso ha sido suerte —dijo Ciar.

—No —respondió Cari—. Eso ha sido mirar bien el suelo antes.

Ori lanzó con suavidad. Su canica golpeó una piedrecita, dio un salto mínimo y cayó dentro del hoyo.

—¡Dentro! —gritó Ciar—. No puede ser, si eras la tercera.

—Precisamente por eso ya sabía dónde fallabais —dijo Ori con una media sonrisa.

Ciar resopló, se agachó con gesto de gran concentración y lanzó con tanta fuerza que su canica pasó de largo, rebotó en una raíz y se alejó más de lo que cualquiera habría considerado conveniente.

—Eso tampoco era un lanzamiento serio —dijo Cari.

—Era un lanzamiento valiente —replicó Ciar mientras iba a recogerla.

La primera partida terminó con victoria de Ori, seguida muy de cerca por Cari. Ohm quedó tercero y Ciar, después de dos intentos heroicos y uno innecesariamente espectacular, quedó último.

—Propongo olvidar este resultado y pasar al siguiente juego —declaró Ciar con dignidad.

—Aceptado —dijo Ohm—. Triángulo.

Dibujaron la figura en la tierra con un palito fino. En el centro colocaron varias canicas y cada uno eligió la suya para lanzar desde la línea marcada. La tensión cambió por completo. Si el hoyo había sido cuestión de pulso y distancia, el triángulo pedía estrategia.

Ohm sacó dos canicas del borde con un disparo preciso que apenas rozó el interior y logró que la suya quedara fuera.

—Eso sí ha sido un golpe serio —admitió Ciar.

Cari estudió el dibujo, esperó unos segundos y lanzó desde un ángulo extraño. Su canica golpeó una lateral, la sacó del triángulo y se detuvo justo en la línea.

—Muy fino —murmuró Ori.

Cuando le tocó a Ciar, él decidió arriesgar. Apuntó al centro para sacar dos de golpe. La jugada parecía buena, pero su canica quedó dentro del triángulo.

—Oh, no —dijo, quedándose congelado.

—Eso significa que pierdes el turno y te quedas sin esa posición —recordó Cari.

—Lo sé perfectamente —respondió Ciar—. Solo estoy pasando unos segundos de decepción artística.

Ori aguantó la risa y lanzó la suya con suavidad. Sacó una canica azul y otra transparente del borde inferior, pero casi por muy poco la suya quedó dentro. Tuvo que agacharse para comprobarlo.

—Fuera por un dedo de hormiga —dictaminó Ohm.

—Entonces cuenta —dijo Ori.

La partida siguió entre rebotes, cálculos y protestas amistosas de Ciar, hasta que finalmente Ohm ganó por una sola canica de diferencia. Él no levantó los brazos ni hizo ningún gesto triunfal. Solo sonrió con esa expresión tranquila suya que a Ciar le parecía, según él, insoportablemente elegante.

—Empate general —dijo Ohm—. Una victoria para Ori y una para mí.

—Y una derrota memorable para mí —añadió Ciar.

—Todavía falta canica corrida —recordó Cari.

Aquella modalidad era la favorita de Ciar porque mezclaba puntería, persecución y lectura del terreno. Buscaron una zona con más relieves, pequeñas piedras y curvas naturales entre raíces. Allí marcaron un punto de inicio y acordaron una regla simple: cada uno lanzaría por turnos, intentando alcanzar la canica anterior antes de que esta encontrara una zona segura.

La primera ronda fue rápida y emocionante. Las canicas chocaban, cambiaban de rumbo y desaparecían a veces detrás de una piedra, obligando a los jugadores a agacharse para calcular mejor. Ohm demostró precisión. Cari, mucha cabeza. Ori, una calma extraordinaria. Y Ciar, por fin, consiguió una jugada brillante al aprovechar una pendiente lateral para golpear la canica de Ohm sin atacar desde frente.

—¡Eso sí! —gritó, alzando ambos brazos—. ¡Eso cuenta como una victoria completa y quizá media más!

—Aceptaremos solo la completa —dijo Cari.

Estaban a punto de empezar la última ronda cuando Ciar miró a Ohm con ojos brillantes.

—Ahora sí merece la pena.

—No —respondió Ohm antes de que terminara la frase.

—Solo una vez. Una sola. Saca la meteorito.

Ohm dudó unos segundos. Luego abrió la bolsita y la sacó con mucho cuidado. Era una canica más oscura que las demás, con vetas grises y reflejos cobrizos que parecían cambiar según la luz.

—No se arriesga —advirtió—. Solo la usamos para una ronda especial y con mucho cuidado.

—Prometido —dijeron los tres a la vez.

La colocaron en el punto de salida como si fuera una reliquia importante. Ohm lanzó primero y la meteorito rodó con una elegancia perfecta, bordeó una piedra lisa, cruzó una franja de tierra más compacta y fue a detenerse junto a una raíz curvada.

—Preciosa —murmuró Cari.

—Y dificilísima de alcanzar —añadió Ori.

Ciar fue el primero en intentarlo. Calculó la pendiente, flexionó la mano y disparó. Su canica pasó rozando la meteorito, tocó la raíz y salió hacia un lado.

—Casi —dijo.

—Demasiado casi —respondió Cari.

Le tocó a ella. Su lanzamiento fue limpio y muy bien medido, pero justo antes del impacto una pequeña irregularidad del terreno desvió la trayectoria. La canica golpeó el borde de la raíz, no a la meteorito, y ambas vibraron apenas un instante.

Ori tomó aire. Se agachó más que los otros, observó el terreno desde cerca y vio algo que los demás no habían notado: junto a la raíz había una grieta estrecha, semitapada por arena fina y polvo seco.

—No le deis demasiado fuerte —advirtió—. Esa raíz tiene una abertura debajo.

—Entonces menos mal que lo has visto —dijo Ohm.

Ori lanzó con cuidado, intentando rozar la meteorito desde un ángulo suave. La tocó, sí, pero no como esperaba. La canica oscura giró sobre sí misma, rebotó una vez en la raíz y desapareció por la rendija oculta.

Los cuatro se quedaron inmóviles.

—No —dijo Ciar.

—No, no, no —repitió Cari, acercándose.

Ohm se agachó de inmediato junto a la grieta. Apenas se veía el interior. Era una hendidura estrecha bajo la raíz, más profunda de lo que parecía, con tierra suelta y pequeñas piedras acumuladas.

—No ha salido por el otro lado —dijo Ori, tendiéndose casi sobre el suelo para mirar mejor.

—Eso significa que se ha quedado dentro —murmuró Ohm.

Ciar ya estaba buscando una ramita larga.

—La sacamos enseguida.

Pero no fue tan fácil. La primera ramita era demasiado corta. La segunda empujó tierra hacia dentro. La tercera rozó algo duro, pero no logró moverlo. Cari trajo una fibra vegetal más firme. Ori propuso limpiar primero el borde de la grieta para no empujar más arena. Ohm retiró piedrecitas con la punta de un palito fino.

Poco a poco, la pandilla dejó de actuar con prisa y empezó a trabajar con verdadero cuidado.

—Creo que está aquí abajo, atrapada entre dos trozos de raíz —dijo Ori al fin.

—Si metemos un palo recto, la hundiremos más —añadió Cari.

Ohm observó el hueco, la posición de la raíz y la leve inclinación del terreno.

—Necesitamos algo curvado. Algo que entre, la abrace un poco y la haga rodar hacia afuera.

Ciar miró alrededor y sonrió.

—Ya vuelvo.

Regresó un minuto después con el tallo hueco de una planta seca, flexible y curvado en un extremo.

—No preguntéis. Lo vi y me pareció heroico.

—Por una vez, puede que tengas razón —dijo Cari.

Ori se tumbó con cuidado en el suelo y acercó el tallo a la rendija. Lo movió muy despacio, guiado por las indicaciones de Ohm y Cari. Tocó la canica una vez. Luego otra. A la tercera, consiguieron oír un pequeño clic contra la madera interna de la raíz.

—Ahora, hacia la izquierda —susurró Ohm.

—Muy poco —añadió Cari.

Ori respiró hondo y movió el tallo con tanta delicadeza como pudo.

La meteorito apareció apenas un instante, asomando entre la arena.

—¡Ya sale! —gritó Ciar.

Pero la emoción casi lo echó todo a perder, porque la vibración de su voz hizo caer un poco de tierra suelta. Cari le puso la mano delante enseguida.

—Ni se te ocurra celebrar antes de tiempo.

Ori volvió a empujar con suavidad. La meteorito rodó medio dedo más. Ohm metió entonces dos dedos por el borde y la atrapó justo antes de que volviera a hundirse.

Durante un segundo nadie dijo nada.

Después, los cuatro soltaron el aire a la vez.

—Pensé que la habíamos perdido —admitió Ohm, mirando la canica con alivio.

—Yo también —dijo Ori—. La vi desaparecer y creí que se iba hasta el centro de la tierra.

—Por eso siempre hay que revisar el terreno antes del golpe final —dijo Cari.

—Y por eso también hacen falta ideas heroicas y tallos heroicos —añadió Ciar.

Ohm limpió la meteorito con un trozo de tela y volvió a guardarla en su bolsita, esta vez con más cuidado todavía.

—Se acabó jugar cerca de raíces con grietas secretas.

—De acuerdo —respondieron los demás.

Pero nadie quería marcharse todavía. Así que, en lugar de dar la mañana por terminada, la pandilla decidió hacer algo nuevo. Con palitos, tierra apretada y pequeñas piedras redondas construyeron una pista larga con curvas, un puente de corteza y un túnel corto hecho entre dos raíces seguras. Ya no jugaron para ganarse canicas unos a otros, sino para ver quién era capaz de completar el recorrido con menos golpes.

La primera en conseguirlo fue Cari. El segundo, Ori. Ciar aseguró haber ganado “moralmente” aunque su canica se había salido dos veces en la curva grande. Y Ohm, mientras recogían el material, sonreía al ver cómo una mañana que había empezado como competición terminaba convertida en una pequeña obra maestra del juego.

Desde entonces, cuando en Hormitrópolis se hablaba de canicas, la pandilla no pensaba solo en el hoyo, el triángulo o la canica corrida.

También recordaba aquella pista construida entre cuatro, la grieta escondida bajo la raíz y la meteorito que estuvo a punto de perderse.

Porque algunas partidas se ganan con puntería.

Y otras, las mejores, se ganan jugando juntos hasta que la mañana se vuelve inolvidable.

Tipo de cuento: aventura lúdica de amistad y juego al aire libre

Temas: canicas, estrategia, amistad, juego tradicional, observación, cooperación

Ideal para: niños y niñas que disfrutan historias de pandilla, competiciones amistosas y juegos clásicos transformados en aventura

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