Hana y la abuelita Modesta

Hana y la abuelita Modesta

Resumen: Hana sale a pasear con su abuelita Modesta por el Bosque de las Flores Brillantes. Lo que empieza como una tarde tranquila cambia cuando encuentran un rincón oscuro y desconocido, y Hana tendrá que aprender que a veces la calma ayuda más que la prisa.

Edad recomendada: 4-6 años · Tiempo de lectura: 5-6 minutos · Categoría: Pequeños Lectores (4-6 años)

A Hana le gustaban muchas cosas del bosque: las hojas que caían despacio, las mariposas que parecían jugar con el aire y las flores que se abrían cuando el sol calentaba un poco más. Pero, si tenía que elegir su momento favorito del día, siempre escogía el paseo de la tarde con su abuelita Modesta.

La abuelita Modesta caminaba sin correr nunca. Miraba bien el sendero, saludaba a quien se cruzaba y parecía saber siempre dónde estaba lo importante, aunque fuera pequeño.

—No hace falta ir deprisa para llegar bien —le decía muchas veces.

Hana solía escucharla… casi siempre.

Aquella tarde salieron hacia el Bosque de las Flores Brillantes. Era un lugar precioso, con pétalos de muchos colores, hierba blanda y una luz dorada que parecía quedarse flotando entre las ramas cuando el sol empezaba a bajar.

Hana iba de un lado a otro, mirando aquí y allá, hasta que una mariposa amarilla pasó muy cerca de su nariz y salió volando hacia una zona del bosque que ella no conocía bien.

—¡Espera! —exclamó Hana, echando a correr detrás.

—Hana, más despacio —advirtió la abuelita Modesta.

Pero Hana ya había avanzado varios pasos. Al intentar seguir a la mariposa, tropezó con una raíz escondida bajo las hojas secas y estuvo a punto de caerse.

Antes de tocar el suelo, sintió la mano firme de su abuelita sujetándola con cuidado.

—Tranquila, pequeña. Ya está —dijo Modesta con voz suave.

Hana respiró hondo. Le daba un poco de vergüenza haberse lanzado tan deprisa, aunque también se sintió aliviada al notar a su abuelita a su lado.

—Pensé que la alcanzaba —murmuró.

—Las cosas bonitas no siempre necesitan perseguirse —respondió Modesta—. A veces basta con mirarlas un momento y seguir caminando.

Hana asintió y esta vez decidió quedarse a su lado.

Poco después encontraron entre unas piedras una abertura baja, medio tapada por plantas y musgo. No era una cueva profunda ni aterradora, pero sí un rincón oscuro que no se veía desde el sendero principal.

Hana se pegó un poco a su abuelita.

—No sé si me gusta ese sitio.

Modesta no tiró de ella ni la empujó a entrar. Primero se agachó, miró el suelo, observó las piedras y esperó unos segundos, como si el bosque pudiera darle una respuesta si lo escuchaba con paciencia.

—No pasa nada por tener cuidado —dijo—. Si algo no se conoce bien, primero se mira. Luego se decide.

Sacó entonces de su delantal un pequeño cristal claro que reflejaba la luz de la tarde con un brillo cálido. No iluminaba como una lámpara ni hacía nada extraño. Solo ayudaba a que las sombras se vieran menos cerradas.

—¿Lo llevas siempre contigo? —preguntó Hana.

—Muchas veces —respondió Modesta—. Cuando una camina mucho, agradece tener algo que le recuerde mirar bien.

Entraron juntas unos pasos. Dentro hacía fresco y olía a tierra húmeda. Había raíces colgando de la parte alta y unas piedras lisas que obligaban a caminar con cuidado. Hana avanzaba despacio, esta vez sin soltar la mano de su abuelita.

De pronto, vieron que unas raíces largas cruzaban el pequeño paso del fondo y dejaban solo un hueco estrecho entre ellas.

Hana se detuvo.

—No me gusta.

Modesta le acarició la espalda.

—No hace falta que te guste enseguida. Primero paramos. Luego respiramos. Y después miramos qué nos deja hacer el camino.

Las dos se quedaron quietas unos segundos. No ocurrió nada mágico ni repentino. Solo pasó algo más sencillo y más útil: al dejar de mirar con prisa, Hana vio que una de las raíces no cerraba el paso del todo. Había un caminito por un lado, pequeño pero suficiente.

—¡Por ahí! —susurró.

Modesta sonrió con orgullo tranquilo.

—Eso es. A veces el camino no aparece antes porque una lo mira demasiado deprisa.

Pasaron juntas al otro lado y encontraron un rincón precioso: una charca quieta donde la luz se reflejaba como si guardara pequeños trocitos de cielo, unas flores bajas creciendo entre las piedras y un silencio tan suave que Hana sintió que ya no tenía miedo.

Se acercó al agua y vio reflejada su cara junto a la de su abuelita Modesta.

—Abuelita —dijo en voz baja—, cuando estoy contigo, todo parece menos difícil.

Modesta la abrazó con ternura.

—Porque no estás sola. Y porque aprender a ir con calma también es una forma de ser valiente.

Cuando salieron de aquel rincón del bosque, el sendero seguía siendo el mismo de siempre. Las flores, las mariposas y las raíces continuaban en su sitio. Pero Hana caminaba de otra manera: sin correr tanto, mirando mejor y apretando de vez en cuando la mano de su abuelita, no por miedo, sino porque le gustaba sentirla cerca.

Y al volver a casa, supo que no olvidaría aquella tarde en el Bosque de las Flores Brillantes. No por el rincón escondido ni por el cristal del delantal, sino por algo más sencillo: porque había descubierto que la calma, cuando va de la mano del cariño, puede alumbrar incluso los caminos que al principio parecen oscuros.

Tipo de cuento: aventura suave, vínculo familiar y descubrimiento

Temas: abuela, calma, cariño, valentía, bosque, confianza

Ideal para: leer en voz alta, primeros lectores acompañados y niños que disfrutan de historias tiernas con un pequeño toque de exploración.

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