La expedición Rosquilla y el mercadillo

La expedición Rosquilla y el mercadillo

Resumen: Ciar acompaña a Rosquilla en una expedición hacia el mercadillo y descubre que una gran aventura no consiste en conseguir algo rápido, sino en aprender a actuar con cabeza, esfuerzo y honestidad.

Edad recomendada: 7 años o más

Tiempo de lectura: 7-9 minutos

Categoría: Grandes Aventureros

En Hormitrópolis corría desde hacía mucho tiempo una historia que hacía brillar los ojos de las hormigas más curiosas.

Se hablaba de un mercadillo humano lleno de olores dulces, migas enormes y restos de comida que para una hormiga podían parecer tesoros. Algunos imaginaban rosquillas gigantes. Otros, magdalenas suaves como nubes. Y casi todos soñaban con volver de allí con algo inolvidable.

Ciar había escuchado aquellas historias muchas veces.

Pero una mañana dejaron de ser solo historias.

Rosquilla, una hormiga adulta conocida por sus ideas atrevidas y sus planes difíciles, apareció con una propuesta que parecía imposible de rechazar.

—Voy a salir de expedición —anunció con una sonrisa misteriosa—. Quiero llegar hasta el mercadillo y volver con algo especial.

Ciar sintió un cosquilleo en el pecho.

—¿Puedo ir contigo?

Rosquilla lo miró con calma.

—Solo si entiendes una cosa. Una expedición de verdad no es correr detrás de lo primero que brilla. Es observar, escuchar y volver bien.

Ciar aceptó enseguida. Estaba convencido de que aquella sería la aventura más importante de su vida.

Partieron al amanecer.

Durante el camino cruzaron raíces retorcidas, pequeñas piedras resbaladizas, charcos oscuros y senderos tan estrechos que a veces parecía que iban a desaparecer entre la hierba. Rosquilla conocía atajos y rincones ocultos, y Ciar avanzaba detrás de ella imaginando el gran premio que encontrarían al final.

Cuando por fin divisaron los alrededores del mercadillo, ambos se escondieron tras unas hojas secas para observar.

Desde allí veían cajas, telas, bolsas, migas y olores que llegaban mezclados con el viento. Para los humanos no eran más que restos. Para una hormiga, podían convertirse en una tentación enorme.

Ciar dio un paso hacia delante.

—Ni un paso más —dijo una voz firme.

Dos agentes de la policía de Hormitrópolis salieron de entre la hierba y les cerraron el paso.

Ciar se quedó helado. Rosquilla frunció el ceño.

Junto a los agentes apareció también una hormiga anciana, de andar lento y ojos atentos. Todos la conocían como Don Miga.

—No hemos venido a castigaros —dijo con calma—. Hemos venido a evitar que repitáis errores antiguos.

Sentados junto a una piedra, escucharon su historia.

Hacía mucho tiempo, algunas hormigas habían empezado a traer dulces del mundo humano sin medida ni cuidado. Al principio parecía divertido. Después llegaron los enfados, los abusos y las discusiones. Unos escondían más de lo que necesitaban. Otros se quedaban sin nada. Lo que había empezado como una emoción terminó rompiendo la armonía de la comunidad.

—Por eso existen normas —explicó Don Miga—. No para apagar la curiosidad, sino para que nadie la convierta en egoísmo.

Ciar bajó la mirada. Aquello no se parecía en nada a la aventura brillante que había imaginado.

—Entonces, ¿nunca podemos probar cosas nuevas? —preguntó.

Don Miga sonrió.

—Claro que sí. Pero una cosa es explorar con cabeza y otra muy distinta es lanzarse sin pensar.

Rosquilla respiró hondo. Por primera vez en todo el viaje, pareció menos orgullosa y más dispuesta a escuchar.

Entonces Don Miga les propuso algo distinto.

Si de verdad querían conseguir algo especial, no lo tomarían del mercadillo como un botín. Lo prepararían ellos mismos, con trabajo y paciencia, para compartirlo después con toda la plaza.

La idea sorprendió a Ciar.

Pero cuanto más la pensaba, más le gustaba.

Durante los días siguientes acompañó a Don Miga y a Rosquilla por distintos rincones de Hormitrópolis y del bosque. Buscaron ingredientes, hicieron recados, pidieron ayuda, esperaron el momento adecuado y aprendieron que las cosas valiosas casi nunca aparecen de golpe.

No hubo premio fácil.

Hubo esfuerzo compartido.

Y cuando por fin tuvieron todo preparado, Don Miga encendió un pequeño horno y comenzaron a cocinar unas magdalenas cuyo aroma dulce llenó el aire.

Ciar observó la masa, el calor y el cuidado con que todos trabajaban.

—Ahora lo entiendo —dijo en voz baja.

Don Miga asintió.

—Lo mejor no siempre es encontrar algo delicioso. A veces lo mejor es aprender a hacerlo bien.

Al terminar, colocaron las magdalenas en una cesta y Don Miga se la entregó a Ciar.

—Llévala a la plaza con cuidado. Hoy no se reparten como premio de una expedición. Se reparten como símbolo de una aventura bien terminada.

Ciar aceptó orgulloso.

Pero por el camino apareció Ori.

Miró la cesta con sorpresa.

—¿Todo eso vais a repartir?

—Sí —respondió Ciar—. Son para compartir en la plaza.

Ori siguió mirando la cesta unos segundos. Luego sonrió de una forma que a Ciar no le gustó.

Más tarde, cuando quiso revisar la cesta, Ciar descubrió que Ori se la había llevado sin avisar.

Siguió sus huellas hasta el mercadillo de Hormitrópolis y allí encontró una escena inesperada: Ori había montado un pequeño puesto y estaba ofreciendo las magdalenas como si fueran suyas.

Ciar sintió rabia, sorpresa y tristeza al mismo tiempo.

—¡Ori! ¡Eso no está bien! —gritó.

Ori se quedó quieto.

—Pensé que podía aprovechar la ocasión —murmuró—. Solo quería que todos vieran lo buenas que eran… y quizá sacar algo a cambio.

En ese momento llegaron Don Miga, Rosquilla y varias hormigas más. La plaza entera quedó en silencio.

Don Miga no levantó la voz.

—Cuando algo nace del esfuerzo de muchos, no puede convertirse en el trofeo de uno solo —dijo.

Ori agachó la cabeza. Entendió enseguida su error.

Ciar respiró hondo. Pensó en el viaje, en el mercadillo, en la historia antigua, en los ingredientes, en el horno y en todo lo que había aprendido.

Entonces habló con voz firme.

—Esta aventura empezó buscando algo dulce. Pero no trataba solo de eso. Trataba de hacer las cosas bien y de no olvidar para quién eran.

Ori pidió perdón delante de todos.

Después, entre varias hormigas, recolocaron la cesta en el centro de la plaza y repartieron las magdalenas como estaba previsto desde el principio.

Aquel día muchos recordaron su sabor.

Pero lo más importante no fue la receta.

Fue que Ciar comprendió que una expedición verdadera no termina cuando consigues algo especial, sino cuando vuelves habiendo aprendido a ser más prudente, más justo y más generoso con los demás.

Tipo de cuento: aventura comunitaria con aprendizaje

Temas: curiosidad, normas, honestidad, esfuerzo compartido, dulces, comunidad

Ideal para: lectores que disfrutan de aventuras con viaje, descubrimiento y consecuencias morales claras

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