Las mariposas del viento y el claro resguardado

Resumen: Una mañana de ráfagas cambiantes, un grupo de mariposas grandes y pálidas aparece sobre Hormitrópolis, girando sin control y asustando a los más pequeños. Ciar, Ohm, Ori y Cari descubren que no han llegado para hacer daño: están agotadas, desorientadas y arrastradas por el viento. Para ayudarlas, la pandilla tendrá que encontrar un lugar resguardado donde puedan detenerse, recuperar fuerzas y esperar a que el aire vuelva a soplar a su favor.
Edad: +7 años · Tiempo de lectura: 6-7 minutos · Categoría: Grandes Aventureros
En Hormitrópolis, el viento no siempre se comportaba igual.
Había días en los que apenas movía una hoja y otros en los que corría entre las ramas, doblaba tallos, hacía rodar semillas secas y convertía cualquier sendero en un lugar lleno de susurros rápidos.
Aquella mañana era una de esas mañanas inquietas.
Ohm, Ori, Ciar y Cari estaban en la parte alta de un camino del bosque revisando unas ramas caídas de la noche anterior. El aire no era peligroso, pero sí cambiante. Soplando de un lado, luego del otro, y levantando de vez en cuando pequeños remolinos de hojas secas junto al suelo.
—No me gusta este viento —dijo Cari, sujetándose bien el lazo rosa—. No decide nunca por dónde quiere ir.
—A mí sí me gusta un poco —respondió Ciar, mirando cómo una hoja giraba sobre sí misma—. Parece que todo está más despierto.
—Hasta que algo sale volando y te golpea la cara —dijo Ohm.
Ori, que observaba siempre un poco más lejos que los demás, levantó la vista al cielo.
—Mirad eso.
Por encima de los árboles venía avanzando una nube clara y temblorosa. Durante un instante ninguno supo qué era. Después empezaron a distinguir formas: alas grandes, pálidas, casi transparentes en los bordes, moviéndose a la vez pero sin orden verdadero.
—¿Son mariposas? —preguntó Ciar.
—Sí —dijo Ori—. Pero no vuelan bien.
Y tenía razón.
No parecían mariposas tranquilas buscando flores o cruzando el bosque con rumbo claro. Giraban en círculos cortos, bajaban demasiado, subían de golpe y eran empujadas por las ráfagas de aire como si cada cambio de viento las descolocara un poco más.
Algunas hormiguitas pequeñas que caminaban por senderos más bajos empezaron a correr hacia sus casas al verlas pasar tan cerca. No porque las mariposas atacaran, sino porque imponían. Eran muchas, grandes, rápidas y venían movidas por un aire nervioso que lo revolvía todo.
Una de ellas pasó tan cerca de una casita de hojas entrelazadas que levantó polvo y pétalos secos de la entrada.
—Tenemos que hacer algo —dijo Ohm enseguida.
—Pero no parecen malas —añadió Ori—. Parecen perdidas.
Cari observó cómo una de las mariposas intentaba posarse sobre una rama baja y era arrastrada de nuevo antes de apoyar bien las patas.
—Y agotadas.
Ciar miró a las demás con una mezcla de emoción y preocupación.
—Entonces no tenemos un ataque de mariposas gigantes.
—No —respondió Cari—. Tenemos un problema de viento… y de orientación.
Decidieron seguirlas con cuidado para entender mejor qué estaba ocurriendo. No podían ir justo por debajo porque las ráfagas levantadas por las alas movían demasiadas hojas y polvo. Así que avanzaron por un sendero paralelo, escondiéndose a ratos entre helechos altos y asomándose cuando las mariposas bajaban de nuevo hacia el bosque.
Pronto descubrieron dos cosas importantes.
La primera: las mariposas no estaban revoloteando al azar, aunque lo pareciera. Siempre que el viento giraba hacia el norte, ellas intentaban seguirlo. Pero luego otra corriente las desviaba hacia el oeste y rompía su formación.
La segunda: cada vez que encontraban una zona un poco más tranquila, intentaban posarse. Sin embargo, ninguna duraba mucho tiempo. El aire volvía a empujarlas antes de que recuperaran fuerzas.
—Necesitan un sitio protegido —dijo Ori.
—Un lugar donde el viento no entre tan de golpe —añadió Ohm.
Cari se llevó una pata a la barbilla.
—Como el claro resguardado detrás de la colina de juncos.
Ciar se volvió enseguida hacia ella.
—¿El que tiene flores bajas y piedras templadas?
—Ese mismo —respondió Cari—. Está hundido entre raíces altas y desde arriba casi ni se ve. El aire entra mucho menos.
Ohm sonrió un poco.
—Entonces ya tenemos idea.
El problema era cómo llevar hasta allí a un grupo de mariposas grandes, nerviosas y cansadas sin asustarlas más.
Durante unos segundos nadie habló. Miraban el cielo, el movimiento de las alas y la dirección de las ráfagas, intentando entender qué les haría cambiar de rumbo sin obligarlas.
Fue Ori quien vio la clave.
—No tenemos que empujarlas —dijo—. Tenemos que darles una referencia tranquila.
—¿Cómo? —preguntó Ciar.
Ori señaló varias flores claras que se abrían junto al borde del sendero.
—Cuando pasan cerca de flores altas, bajan un poco. Creo que buscan dónde pararse y alimentarse, pero el viento no las deja.
Cari entendió enseguida.
—Si marcamos el camino hacia el claro con flores visibles y hojas quietas, podrían seguirlo por instinto.
Ohm asintió.
—Y si además retiramos lo que golpea o cruje en el paso, no se pondrán más nerviosas al acercarse.
Ciar sonrió de golpe.
—Eso sí que lo podemos hacer.
Se pusieron a trabajar inmediatamente.
Ohm despejó el sendero hacia el claro resguardado quitando ramitas secas que el viento arrastraba de un lado a otro. Ori localizó grupos de flores claras y pétalos visibles desde arriba, y movió algunas hojas grandes para que el camino quedara más abierto. Cari ató con fibras dos tallos que golpeaban entre sí cada vez que llegaba una ráfaga, porque aquel ruido seco podía asustar a las mariposas justo en la entrada del refugio. Y Ciar fue recogiendo pétalos blancos y amarillos para colocarlos en pequeños montones suaves a intervalos, como señales discretas sobre la tierra.
—No parece un sendero normal —dijo Ciar cuando terminaron—. Parece una invitación.
—Eso es exactamente lo que queremos —respondió Cari.
Solo faltaba guiar al grupo en el momento adecuado.
Esperaron a que una de las corrientes cambiara otra vez hacia el norte. Entonces se colocaron cerca del inicio del recorrido, sin levantar los brazos ni correr, simplemente moviéndose lo suficiente para mantenerse visibles en el borde del claro principal mientras las mariposas volvían a bajar, cansadas y desordenadas.
Una de ellas fue la primera en notar el rastro de flores.
Descendió un poco.
Luego otra la siguió.
Una tercera intentó posarse en un pétalo claro arrastrado sobre una piedra, y al no lograrlo continuó en la misma dirección que las anteriores, como si el camino entero pareciera, por fin, un lugar mejor que el cielo revuelto que tenían encima.
—Está funcionando —susurró Ohm.
Poco a poco, sin ninguna orden ni sonido extraño, el grupo fue desviándose hacia el sendero preparado. Las ráfagas seguían soplando, pero allí golpeaban menos. Además, las mariposas encontraban menos hojas sueltas chocando contra ellas y más flores visibles marcando un rumbo claro.
Cuando llegaron a la entrada del claro resguardado, la diferencia fue inmediata.
El aire seguía moviéndose, sí, pero de forma mucho más suave. Las raíces altas de alrededor frenaban los cambios bruscos y las piedras templadas del centro retenían un poco el calor del sol. Había flores bajas, agua tranquila en una concavidad pequeña del terreno y varias ramas estables donde poder posarse sin que todo temblara a la vez.
La primera mariposa descendió sobre una piedra plana.
La segunda encontró una rama inclinada protegida por dos hojas anchas.
La tercera se posó junto a unas flores moradas y, por primera vez desde que la habían visto, cerró las alas sin que una ráfaga la levantara enseguida.
Detrás de ellas fueron llegando las demás.
Ciar soltó el aire con tanta fuerza que casi parecía él quien acababa de volar contra el viento todo el día.
—Lo hemos conseguido.
—Todavía no del todo —dijo Cari, aunque sonreía—. Ahora toca dejarlas tranquilas.
Y así lo hicieron.
Se sentaron a cierta distancia, sobre un borde de raíces bajas, y observaron en silencio cómo el grupo entero iba calmándose poco a poco. Algunas mariposas abrían y cerraban las alas muy despacio. Otras buscaban flores del claro. Varias parecían simplemente descansar, agradecidas de no tener que luchar a cada segundo contra el aire.
Ohm miró hacia el cielo, donde las ráfagas seguían siendo visibles por el movimiento de las copas más altas.
—Necesitaban un lugar para esperar a que el viento cambiara, no una pelea contra él.
Ori asintió.
—Sí. A veces ayudar no es forzar algo. Es encontrar el sitio donde lo difícil se vuelve más fácil.
Cari observó a una de las mariposas grandes beber con suavidad del centro de una flor.
—Y dejar de asustarse también ayuda mucho.
Ciar sonrió, mirando el claro lleno ahora de alas tranquilas.
—Al principio daban miedo un poco.
—Porque no entendíamos lo que pasaba —dijo Ohm.
Se quedaron allí casi hasta el mediodía.
Con el paso de las horas, el viento fue cambiando. Siguió presente, pero ya no golpeaba en direcciones contrarias. Se volvió más largo, más limpio y menos brusco. Las copas de los árboles dejaron de girar en pequeños remolinos y empezaron a balancearse con una sola dirección más clara.
Ori fue el primero en notarlo.
—Ahora sí. Sopla mejor.
Una de las mariposas abrió las alas. Luego otra. Después varias a la vez. No subieron de golpe. Primero tantearon el aire, como si comprobaran que por fin podían confiar en él. Y entonces, una a una, empezaron a elevarse desde el claro resguardado hacia el cielo despejado del norte.
Ya no giraban en círculos desordenados.
Ya no parecían criaturas asustadas.
Ahora sí tenían rumbo.
Ciar las siguió con la mirada hasta que se volvieron pequeñas entre la luz blanca del cielo.
—Qué distinto se ve todo cuando dejan de estar perdidas.
—Y cuando nosotros dejamos de mirarlas como un peligro —añadió Cari.
Ohm recogió una hoja que el viento había dejado a sus pies.
—Hoy el problema no eran las mariposas. Era que habían llegado al lugar equivocado con el viento equivocado.
Ori sonrió.
—Y nosotros les hemos encontrado un sitio donde esperar el momento bueno.
Ninguno dijo nada más durante un rato.
No hacía falta.
El claro resguardado seguía lleno de pétalos, de flores suaves y del recuerdo breve de unas alas pálidas descansando sobre la piedra y las ramas. Cuando regresaron a Hormitrópolis, las hormiguitas pequeñas ya no corrían asustadas. El bosque parecía otra vez normal. Solo más ligero.
Y desde aquel día, cada vez que el viento cambiaba demasiado de golpe y algo desconocido asustaba a los más pequeños, Ohm, Ori, Cari y Ciar recordaban la misma idea.
No todo lo que inquieta viene a hacer daño.
A veces solo está buscando dónde poder detenerse.
Tipo de cuento: aventura de naturaleza, observación y ayuda tranquila
Temas: mariposas, viento, miedo, orientación, refugio, naturaleza
Ideal para: lectores que disfrutan historias donde un misterio del bosque se resuelve con calma, observación y una ayuda bien pensada
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