Ciar y el miedo a la oscuridad

Resumen: Ciar quiere acompañar a sus amigos a ver las estrellas, pero la oscuridad del bosque le da más miedo de lo que le gustaría admitir. En una salida nocturna tranquila, descubrirá que la valentía no consiste en no sentir miedo, sino en seguir adelante con ayuda y calma.
Edad: 4-6 años · Tiempo de lectura: 4-5 minutos · Categoría: Pequeños Lectores
En Hormitrópolis, Ciar casi siempre era el primero en proponer una aventura. Le gustaba correr entre senderos, asomarse a los rincones del bosque y descubrir cosas nuevas con Ohm, Ori y Cari. Durante el día, parecía que nada podía frenarlo.
Pero había algo que no le gustaba nada.
Cuando el sol se escondía y el bosque empezaba a llenarse de sombras, Ciar ya no se sentía tan seguro. Los caminos parecían distintos, los sonidos se volvían más raros y cualquier movimiento entre las hojas le hacía imaginar cosas que no estaban allí.
Una tarde, mientras los cuatro descansaban cerca del claro, Ori levantó la vista al cielo y sonrió.
—Esta noche podríamos ir a ver las estrellas —dijo—. Seguro que se ven muchísimas.
—Y quizá aparezcan luciérnagas cerca del sendero —añadió Cari, ajustándose las gafas con ilusión.
Ohm asintió enseguida.
—Podemos ir juntos y volver antes de que sea muy tarde.
Ciar abrió un poco los ojos. Quería decir que sí. De verdad quería ir. Le gustaba estar con sus amigos y también le gustaba la idea de ver un cielo lleno de luces. Pero solo pensar en caminar por el bosque de noche le hizo sentir un nudo pequeño en la barriga.
—No estoy muy seguro… —murmuró.
Cari lo miró con suavidad.
—¿Te da miedo la oscuridad?
Ciar bajó la cabeza. Tardó un momento en responder, pero al final asintió despacio.
—Sí. Un poco… bueno, bastante.
Ohm se acercó y le puso una pata en el hombro.
—No pasa nada. A veces, las cosas oscuras parecen más grandes de lo que son.
Ori sonrió para darle confianza.
—Además, no irás solo. Iremos contigo.
Ciar respiró hondo. Sus amigos no se estaban riendo de él ni le pedían que dejara de tener miedo de golpe. Solo querían acompañarlo. Eso ya le hacía sentirse un poco mejor.
Cuando llegó la noche, la pandilla salió de Hormitrópolis por un sendero que conocían bien de día. La luna iluminaba algunas piedras y las hojas más altas, pero el resto del camino estaba lleno de sombras suaves y rincones silenciosos.
Ciar caminaba entre Ohm y Cari. Ori iba unos pasos por delante, mirando hacia arriba de vez en cuando para comprobar si el cielo se despejaba entre las ramas.
Al principio, todo fue tranquilo. Se oía el canto lejano de algunos insectos nocturnos y el roce del viento en las hojas. Pero, para Ciar, cada sonido parecía más fuerte de lo normal.
De pronto, algo crujió cerca de unos arbustos.
—¡Ahí hay algo! —dijo Ciar, deteniéndose en seco.
Ohm miró hacia el lateral del sendero y avanzó con calma. Tras unos segundos, volvió sonriendo.
—Solo era un erizo buscando sitio entre las hojas.
Ciar soltó el aire lentamente. Se había asustado mucho, aunque esta vez no había echado a correr.
—Pensé que era algo peor —admitió.
—Eso hace a veces el miedo —dijo Cari—. Te enseña una cosa pequeña como si fuera enorme.
Siguieron andando. Poco a poco, el sendero se abrió y llegaron al Gran Claro. Allí el cielo parecía muchísimo más grande. Sobre sus cabezas brillaban estrellas por todas partes, como si alguien hubiera esparcido pequeñas luces sobre una manta oscura y tranquila.
—¡Qué bonito! —susurró Ori.
Ciar levantó la vista. Durante un momento, se olvidó del miedo. Aquella oscuridad ya no le pareció vacía ni amenazante. Era distinta en el claro: amplia, silenciosa y llena de destellos.
Los cuatro se sentaron un rato sobre una piedra lisa y miraron el cielo sin prisa. Cari señaló una estrella más brillante. Ohm dijo que, desde allí, el bosque parecía respirar despacio. Ori intentó contar cuántas luces veía antes de perder la cuenta.
Entonces se oyó un ruido más fuerte entre los árboles.
Esta vez no fue un crujido pequeño. Fue un sonido pesado, acompañado por una sombra grande que se movió al borde del claro.
Ciar sintió cómo se le tensaban las patas.
Quiso esconderse detrás de Ohm. Quiso cerrar los ojos. Quiso salir corriendo de vuelta a casa. Pero también recordó algo importante: no estaba solo.
Respiró hondo una vez. Luego otra.
—Tengo miedo —dijo en voz baja.
—Lo sabemos —respondió Ohm con calma.
—Estamos contigo —añadió Ori.
—Mira despacio —dijo Cari—. A veces entender algo ayuda a que dé menos miedo.
Ciar apretó los dientes, levantó un poco la barbilla y observó mejor la sombra. Al cabo de unos segundos, la figura salió a la luz de la luna.
No era un monstruo ni una criatura peligrosa.
Era un ciervo grande y sereno, que avanzó por el claro con paso tranquilo. Se detuvo un instante, movió las orejas y siguió su camino hasta perderse entre los árboles.
La pandilla se quedó callada un momento.
Después, Cari sonrió.
—Lo has conseguido.
Ciar notó que el corazón todavía le iba rápido, pero ya no igual que antes. Seguía sintiendo miedo, sí, pero también algo nuevo: orgullo.
—Pensé que no podría quedarme —dijo.
—Y te quedaste —respondió Ohm.
Ori le dio un pequeño empujón amistoso con el hombro.
—Eso también es ser valiente.
Ciar volvió a mirar el cielo estrellado. Ahora sabía que la oscuridad no siempre escondía algo malo. A veces solo escondía cosas desconocidas. Y, cuando uno estaba acompañado, lo desconocido podía dar menos miedo.
Cuando regresaron a Hormitrópolis, la noche ya no le pareció tan enorme. Los sonidos seguían allí. Las sombras seguían allí. Pero Ciar caminaba más tranquilo.
Sabía que otro día volvería a sentir miedo. Sin embargo, también sabía algo importante: ser valiente no era dejar de tenerlo, sino aprender a dar un paso más sin estar solo.
Tipo de cuento: cuento infantil sobre emociones, seguridad y valentía
Temas: miedo a la oscuridad, amistad, acompañamiento, calma y confianza
Ideal para: niños y niñas que necesitan historias suaves para hablar del miedo nocturno con cercanía, sin dramatismo y con apoyo emocional
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