Roberta, la tortuga poeta

Roberta, una tortuga tranquila y observadora, ayuda a la pandilla a descubrir que la poesía puede nacer de las cosas más pequeñas del bosque.

Roberta, la tortuga poeta

Resumen: Cari y Ciar conocen mejor a Roberta, una tortuga tranquila que sabe encontrar palabras bonitas en las cosas pequeñas del bosque. Pero cuando intentan inventar unos versos para una sorpresa especial, descubren que no siempre es fácil decir lo que uno siente.

Edad recomendada: 4-6 años · Tiempo de lectura: 5-6 minutos · Categoría: Pequeños Lectores (4-6 años)

Aquella tarde, el bosque estaba especialmente tranquilo. El río bajaba despacio, las hojas se movían con un sonido suave y una mariposa blanca cruzaba el sendero como si no tuviera ninguna prisa.

Cari fue la primera en verla.

Sentada junto a una piedra lisa, cerca del agua, estaba Roberta. La tortuga tenía delante una hoja grande, un palito fino y una expresión de concentración tan seria que Ciar bajó la voz sin darse cuenta.

—¿Qué hace? —susurró.

Cari sonrió un poco.

—Mirar despacio —dijo—. Y eso no le sale bien a cualquiera.

Ohm y Ori venían algo más atrás, entretenidos con unas huellas cerca del sendero, así que Cari y Ciar se acercaron primero.

—Hola, Roberta —saludó Cari—. ¿Estás escribiendo?

La tortuga levantó la cabeza y sonrió con calma.

—Estoy probando unos versos —respondió—. A veces el río dice cosas, pero hay que escucharlo bien antes de ponerlas en palabras.

Ciar ladeó la cabeza.

—El río no habla.

Roberta no discutió. Solo señaló el agua, las hojas bajas y una flor pequeña que se inclinaba sobre la orilla.

—No con voz —dijo—. Pero a veces dice cosas de otra manera.

Cari se sentó a su lado enseguida. Ciar se quedó de pie unos segundos, intentando decidir si aquello le parecía interesante o raro. Al final se sentó también.

—¿Y qué dicen tus versos? —preguntó Cari.

Roberta miró la hoja y leyó despacio:

—Río que pasas despacito,
sin empujar y sin correr,
te llevas trozos de la tarde
sin que los dejemos de ver.

Cari abrió los ojos con una sonrisa. Ciar movió las alas plegadas, sorprendido aunque intentó que no se notara demasiado.

—Suena bien —admitió—. Como si el río fuera importante de repente.

—Ya lo era antes —respondió Roberta—. Solo faltaban las palabras.

En ese momento llegaron Ohm y Ori. Ciar se giró hacia ellos con una idea repentina.

—¡Ya sé! —anunció—. Hoy podríamos hacer una sorpresa para JJ en la caseta. Un verso corto. Algo bonito.

Ori parpadeó.

—¿Para JJ?

—Sí. Siempre nos guarda caramelos de menta y nunca le llevamos nada.

Ohm asintió lentamente.

—No es mala idea.

A Ciar le gustó ver que los demás aceptaban el plan tan rápido. Se puso en pie y habló con energía.

—Entonces hagamos uno ahora mismo.

Parecía fácil.

Pero no lo fue.

Ori propuso empezar por “JJ vende caramelos”. A Ciar le sonó demasiado simple. Ohm quiso decir que siempre tenía la caseta ordenada, pero no conseguía que sonara bonito. Cari pensó en el olor a hierbabuena y en el tintineo de los frascos, aunque ninguna frase terminaba de encajar. Incluso Roberta se quedó callada un momento más largo de lo normal.

—No sale —murmuró Ciar, empezando a impacientarse—. Igual esto de la poesía solo funciona cuando uno está solo junto al río.

Roberta negó con suavidad.

—No funciona por estar solo. Funciona cuando miras de verdad lo que quieres decir.

—Pues yo ya lo estoy mirando —respondió Ciar, algo molesto.

Roberta señaló el camino de vuelta a la caseta.

—No estamos mirando a JJ. Estamos hablando de memoria. Es distinto.

Aquello dejó callado a Ciar unos segundos.

Así que hicieron algo más sensato: caminaron juntos hasta la pequeña caseta del bosque. No entraron enseguida. Se quedaron un momento fuera, observando.

JJ colocaba los botes con cuidado, como si cada uno tuviera su sitio exacto. El cristal brillaba con la luz de la tarde. En el aire flotaba un olor dulce y fresco. Un cartelito de madera se movía muy despacio. Y cuando una hoja seca cayó cerca de la puerta, JJ la apartó sin prisa para que el paso quedara limpio.

—Ahora sí —dijo Cari en voz baja.

Volvieron a reunirse junto a un tronco. Esta vez las palabras tardaron menos en llegar.

Ori habló del olor a menta. Ohm del orden de los frascos. Cari del cartel moviéndose al viento. Roberta escuchó, unió las ideas y dejó sitio para que Ciar dijera la última frase.

Cuando terminaron, el verso decía así:

—Caseta limpia, frasco brillante,
olor de menta al atardecer,
JJ guarda dulces pequeños
que alegran el bosque sin hacer ruido al caer.

Ciar frunció un poco el ceño.

—La última parte es rara.

Roberta inclinó la cabeza.

—Entonces arréglala tú.

Todos miraron a Ciar. Él abrió la boca, la cerró, volvió a pensar y al final dijo:

—Caseta limpia, frasco brillante,
olor de menta al atardecer,
JJ guarda dulces pequeños
y siempre dan ganas de volver.

Esta vez sí.

Cari sonrió. Ori aplaudió una vez, contento. Ohm asintió con aprobación tranquila. Roberta sonrió más que al principio.

Entraron en la caseta y se lo recitaron a JJ, que se quedó tan quieto al oírlo que por un momento nadie supo si le había gustado. Pero luego soltó una risa breve y amable y les regaló a cada uno un terrón de azúcar con menta.

—No me traen poemas todos los días —dijo—. Y menos uno hecho entre varios.

Cuando salieron de la caseta, Ciar llevaba el terrón en las patas y una idea nueva en la cabeza.

—Pensaba que la poesía era decir cosas bonitas porque sí —reconoció.

Roberta caminó a su lado, despacio.

—A veces también es eso. Pero casi siempre empieza mirando bien.

Ciar miró el bosque, la caseta, el sendero y el río un poco más lejos. Todo seguía en su sitio. Solo que ahora parecía tener más cosas dentro de las que había visto antes.

Y por primera vez, aquella idea no le pareció rara en absoluto.

Tipo de cuento: creatividad, observación y juego con palabras

Temas: poesía, bosque, inspiración, amistad, mirar despacio

Ideal para: niños y niñas que disfrutan de historias tranquilas, personajes curiosos y pequeños descubrimientos en el bosque.

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