Cari y la nueva compañera de clase

Cari y una nueva compañera en clase junto a Ohm, Ori y Ciar en la escuela de Hormitrópolis

Resumen: Una alumna nueva llega a clase y todo parece ponerse patas arriba. Cari, que siempre necesita orden para sentirse tranquila, no sabe muy bien qué pensar. Pero cuando le toca compartir una pequeña tarea con la recién llegada, descubre que a veces los comienzos torpes solo necesitan tiempo, calma y una oportunidad.

Edad: 4-6 años · Tiempo de lectura: 5-6 minutos · Categoría: Pequeños Lectores

En la escuela de Hormitrópolis, las mañanas empezaban con un sonido muy especial: el roce suave de las hojas al abrirse, el murmullo de las mochilas de semillas y el saludo alegre de quienes llegaban con ganas de aprender algo nuevo.

Cari entró aquella mañana con su lazo rosa bien colocado, las gafas limpias y una pequeña libreta bajo el brazo. Le gustaba sentarse pronto, ordenar sus colores y dejar la mesa lista antes de que comenzara la clase.

Ohm ya estaba allí, revisando con atención una maqueta hecha con palitos. Ori miraba por la ventana una fila de hormigas que cruzaba el sendero exterior. Ciar, como siempre, intentaba hacer girar una semilla redonda sobre la punta de un lápiz.

—Hoy la haré girar más de diez vueltas —dijo muy orgulloso.

—Eso dijiste ayer —respondió Cari con una sonrisa pequeña mientras colocaba su cuaderno.

Antes de que Ciar pudiera contestar, la puerta del aula se abrió despacio.

Entró la profesora Gafas de Cristal con una invitada a su lado.

La recién llegada era una hormiguita de color marrón oliva, con antenas finas, una mochila pequeña y una expresión inquieta, como si quisiera parecer valiente y, al mismo tiempo, salir corriendo.

—Hoy tenemos una nueva compañera —anunció la profesora con voz amable—. Se llama Rosi y desde hoy aprenderá con nosotros.

Rosi levantó una mano y saludó muy deprisa.

—Hola. Sé correr muy rápido, sé trepar por raíces altas y una vez vi una miga de pan más grande que mi cabeza —soltó sin respirar casi nada.

Ciar abrió mucho los ojos.

—Eso sí que me lo creo —dijo divertido.

Algunas risitas llenaron el aula. Cari observó a Rosi con curiosidad. No le parecía mala. Solo parecía… ruidosa. Muy ruidosa.

La profesora le señaló una mesa libre, justo al lado de Cari.

—Puedes sentarte aquí.

Rosi dejó la mochila, se sentó y empezó a mirar todo a su alrededor: los dibujos del tablón, las piedras pintadas, las hojas secas clasificadas por colores, el reloj de sol pequeño de la ventana y el estuche perfectamente ordenado de Cari.

—Qué limpio lo tienes todo —dijo inclinándose demasiado cerca—. Yo nunca consigo que mis cosas estén tan rectas.

Cari acomodó un lápiz que había quedado un poco torcido.

—Así encuentro todo más rápido.

La clase comenzó. Gafas de Cristal explicó una actividad sobre plantas aromáticas del jardín de la escuela. Cada alumno debía dibujar una hoja de menta, otra de romero y otra de tomillo.

Durante los primeros minutos, todo fue bastante bien. Pero Rosi se movía mucho en la silla. Primero abrió y cerró su mochila tres veces. Luego hizo una bolita con un papel viejo. Después susurró una ocurrencia a Ciar, que tuvo que taparse la boca para no reírse.

Cari intentó seguir con su dibujo, aunque cada poco levantaba la vista.

De repente, una bolita de papel rodó por la mesa y fue a parar justo encima de su cuaderno.

Cari se quedó quieta.

La profesora miró desde el frente del aula.

—¿Qué es eso?

Rosi también se quedó inmóvil.

Durante un instante, nadie dijo nada.

Cari sintió un nudo pequeño en el pecho. No le gustaba que las cosas se desordenaran. Y menos aún que la miraran cuando ella no había hecho nada.

Entonces Ohm levantó la mano.

—La bolita ha venido de este lado —dijo señalando con calma, sin enfadarse—. Creo que no ha sido Cari.

Rosi bajó la cabeza.

La profesora no habló fuerte. Solo se acercó despacio.

—Rosi —dijo con serenidad—, a veces, cuando uno está nervioso, hace cosas sin pensar. Pero en clase necesitamos tranquilidad para que todos estén a gusto.

Rosi apretó los labios.

—Yo… no quería molestar tanto —murmuró—. Solo quería que me saliera bien mi primer día.

Cari la miró de reojo. Aquello no sonaba a maldad. Sonaba a otra cosa. A un miedo torpe, de esos que hacen que uno hable demasiado o no sepa dónde poner las manos.

La profesora asintió.

—Entonces haremos algo útil. En el recreo, tú y Cari me ayudaréis con las plantas pequeñas del patio. Cuando las manos tienen una tarea buena, la cabeza también encuentra su sitio.

Rosi pareció sorprendida. Cari también, aunque no dijo nada.

Cuando llegó el recreo, todos salieron al patio entre hojas grandes y caminos de tierra suave. Ohm y Ori fueron a revisar una casita de palitos que estaban construyendo junto al muro de raíces. Ciar se acercó a mirar unos columpios hechos con fibras vegetales. Y Cari se quedó junto al pequeño banco donde la profesora había dejado dos regaderas diminutas y una bandeja con etiquetas.

Rosi llegó despacio.

—Hola —dijo esta vez más bajito.

—Hola —respondió Cari.

La profesora les explicó la tarea: regar tres macetas, colocar las etiquetas correctas y llevar con cuidado un tarrito con agua azucarada para una actividad de observación.

Al principio trabajaron en silencio.

Cari ponía las etiquetas rectas. Rosi sujetaba la bandeja con mucho cuidado. Cari comprobaba la cantidad de agua. Rosi vigilaba no derramar ni una gota.

Después de un rato, Rosi habló otra vez.

—Antes, en mi otra escuela, yo también me sentaba al lado de una compañera muy ordenada.

Cari levantó la vista.

—¿Y os llevabais bien?

Rosi hizo una mueca pequeña.

—No mucho al principio. Yo siempre quería hacerme la graciosa para que me miraran. Me da miedo llegar a un sitio nuevo y quedarme sola.

Cari colocó la última etiqueta y la alisó con una mano.

—A mí me pasa al revés. Cuando algo cambia, me pongo nerviosa y quiero que todo esté perfecto.

Rosi la miró con sorpresa.

—Entonces las dos nos ponemos raras.

Cari soltó una risita inesperada.

—Un poco, sí.

Entre las dos llevaron el tarrito de agua azucarada sin derramar nada. Luego regaron la última maceta y se apartaron para verla mejor.

—Creo que ha quedado muy bien —dijo Rosi.

—Porque esta vez lo hemos hecho despacio —contestó Cari.

Rosi respiró hondo.

—Perdón por lo de antes. Y por la bolita de papel. Y por hablar tanto. Y por sentarme como si la silla tuviera muelles.

Cari sonrió.

—Te perdono. Pero mañana intenta no lanzar nada sobre mi cuaderno.

—Trato hecho.

En ese momento aparecieron Ohm, Ori y Ciar.

—¿Cómo va el equipo del patio? —preguntó Ohm.

—Muy bien —respondió Cari.

—Y sin catástrofes —añadió Rosi, un poco avergonzada, pero ya con una sonrisa más tranquila.

Ciar observó las macetas alineadas.

—Pues os ha quedado mejor que mi semilla giratoria.

—Eso tampoco era muy difícil —dijo Ori, y todos se echaron a reír.

Cuando volvieron al aula, la profesora miró la bandeja vacía, las etiquetas bien puestas y las dos caras mucho más calmadas.

—Veo que habéis trabajado bien juntas.

—Sí —dijo Rosi—. Cari ordena muy bien.

—Y Rosi puede hacer muchas cosas bien cuando se para un poco —añadió Cari.

La profesora sonrió satisfecha.

El resto de la mañana pasó sin bolitas de papel, sin susurros nerviosos y sin prisas. Al final de la clase, Rosi guardó sus cosas y, antes de salir, miró a Cari.

—¿Mañana me enseñas dónde guardáis los colores y las etiquetas?

—Sí —respondió Cari—. Y si quieres, también puedo enseñarte a colocar el cuaderno para que no se doble.

Rosi asintió encantada.

Cuando salieron juntas al sendero, el aire olía a hojas tibias y a colegio recién terminado. Ohm, Ori y Ciar las esperaban unos pasos más allá.

Cari caminó a su lado y pensó que aquella mañana había empezado con demasiado ruido, pero terminaba mucho mejor de lo que había imaginado.

A veces una clase nueva, una mesa compartida y una tarea pequeña bastaban para que dos compañeras empezaran a conocerse de verdad.

Tipo de cuento: cuento escolar tierno sobre convivencia y nuevos comienzos

Temas: clase, amistad, respeto, adaptación, nervios del primer día, cooperación

Ideal para: niños y niñas que empiezan a convivir con compañeros nuevos y disfrutan historias suaves sobre colegio y amistad

Ver más cuentos para Pequeños Lectores

Nosotros también odiamos el spam. Tu email está a salvo.